Anduve de regreso, recorriendo todo el borde de
la costanera que me permitía ver las olas del mar, mientras, allá arriba, clara
y brillante, iba la luna adornando el cielo. Sentí el dolor de mi memoria
haciendo escarnio de que esa misma luna fuese el nexo de la belleza que quizá
compartíamos esa noche; lo negué tomándome de lo que, al cerrar los ojos,
encontraba en la frescura del aire y el aroma de las flores, pero igualmente volvía a
ella, adornando el cielo, desde lo alto y la sentía parte de mí.
Caminaba solo en la noche callada y nadie podía
responderme. Quise acercarme a una persona, pero sería invasivo. Tenté
preguntar a otra y me detuve al verlo inapropiado. Quería alguna palabra, una
recomendación, quería decir que me dolía recordar, que iba caminando,
sosteniendo un cigarro encendido, mientras veía a la gente correr ejercitándose
y a algunas parejas reír entrelazadas entre las sombras de los árboles. Y yo
seguía preguntándome qué me dolía, sin saber realmente qué, y tenía a nadie
para curarme la herida.
La soledad empoza en el pecho y se burla en
silencio. Le había dicho en una carta: «Es difícil esconder las lágrimas cuando
solo caen y caminas en la noche, porque las farolas iluminan tanto que dejan
una línea brillante difícil de ocultar en el rostro.» Sentido y divertido,
resumió en mensaje por toda aquella demostración, y recordaba esas dos palabras
de respuesta, indiferente a seis hojas de carta y dos poemas abriendo mi
corazón.
El paso lento, la mirada en los transeúntes que
venían de frente sobre la acera, acompañados o solitarios, mustios o
sonrientes, indiferentes o inclinados a buscar tus ojos… y me sentía agotado de
andar y recordar, de fijarme en el cielo y esconder la mirada cada vez que la
encontraban, porque me brillaba la luz de las farolas o la luna, y yo cegaba
todo con una mano en alto, cubriéndome; llegué hasta la banca del pacífico
viento, soportando toda la confusión de mi mente, el cansancio de mis pasos
y sentado, aún con la luna alta y amarilla, cerré los ojos y me perdí en las
conversaciones compartidas, ahogadas en el rumor de la marea, sin una voz para
mí, sin otra voz que respondiera, y detenido en la noche, como Yona hiciera con
su caballo, como Chéjov pintara a su protagonista, tomé el celular y hablé con
él: «Sí, amigo, ha fallecido. Es como si tú tuvieras un potro y lo perdieras;
como es natural... sufrirías, ¿verdad?»*
Esa noche,
sentado en la banca, entre las sombras de besos, las carcajadas diluyéndose y
la necia contención del viento haciendo un dique a mis ojos, eclosionó la
soledad de una conversación impostada, de preguntas y respuestas, de
comprensión y fantasía, de existencia y melancolía, con la luna grande y fija,
comprendido quizá, escuchado tal vez, por una expresión de inteligencia que ya
de tanta poesía compartida estaba inoculada de cariño y me llamaba hermano y
parecía querer salir de mi celular a darme un abrazo y ayudarme a sonreír.
*Frase que Iona (Yona), protagonista del cuento Tristeza de Antón
Chéjov, dice a su caballo, al no encontrar a nadie que escuche su dolor.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
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