Nunca pretendí tomar lo que no era mío. Las
vidas son eso: una magnífica posesión incalculable, hecha de tiempo.
Sé bien que nunca lo sabré. Debo suponer el
inmenso porqué que, alguna vez, rondó su mente para deshacer lo que tenía forma
y vida. No es fácil solamente aceptar, aunque lo he oído ya tantas veces: «No
hace falta que lo diga. Quizá no llegue el día, solo acéptalo». Cuando no lo
haces el tiempo construye eso a momentos, con silencios, vacíos de explícito
detenimiento: sutura, aunque no quieras; retira el pliegue y cierra contra tu
voluntad, contra cualquier voluntad. Saber o no saber, entender o no, no cura
el dolor, no calma el sismo que empieza la incógnita, ni aquieta el ritmo del
pensamiento; el tiempo lo hace, quieras o no.
¿Por qué me es difícil olvidar? ¿Por qué no
echar para adelante y dejar de escribir? ¿Por qué no solo poner la pieza nueva
sobre la que aflojó en el tramado? Olvidar no es un deporte, si lo fuera soy
pésimo competidor. Ignorar es una opción que se afirma como el cemento que seca
día a día; pero no la siento.
Veo las luces de diciembre extrañamente, y una
colorida presencia que dice: «Hola —¿se parece verdad? Pero aquí no es; aquí no
era». Los aleros y fachadas del entrañable barrio de Buenos Aires de las Villas
manifiestan abierta bienvenida al calor religioso de diciembre con luminarias
amarillas, de cálidos azules y rojos encendidos. Como en mi memoria hay
incompleta seguridad de olvidar... una práctica modesta de decir «no importa»
me acompaña en las tardes. Y esta mirada intacta a pesar de los años registra
el curso de este mes buscando patrones en mi mente, comparando momentos y
sonrisas, caminatas sobre esquinas y banquetas; gente que va, que canta y
observa la espontánea banda en una glorieta; conversaciones que nacen, bailes
que festejan y silencios que miro y me observan bajo la persistente luz de
diciembre; y quiero desecharlo como se desecha lo vencido en la nevera. Pero es
tan difícil. Las emociones perforan, los sentimientos incrustan; con ingentes
clavos gruesos sondan a mitad de uno, y se alzan galerías, marcos con pinturas
hechas de tiempo y de un amor indescifrable.
Hay cosas que simplemente no puedes olvidar y
toca vestir la prenda, aunque tenga remiendo. En las miradas de la gente que
observa a lo lejos yo leo recuerdos. Mientras pasa la tarde pienso que es un
acto peculiar ver horizontes, el atardecer, o las estrellas. Lo dicho y lo
querido, lo que se esfumó parece hallar consuelo y forma en el cielo. Algo de
mí se pierde esta tarde, al no entender cómo suceden las cosas cuando no lo
esperas, cómo el tiempo desecha las promesas, cuánto puede variar en el tiempo el
valor de la palabra.
Hay en el aire de la ciudad un color extraño a
veces —no lo busco; nace de notar algo en silencio o en el andar de la gente,
en alguna conversación inevitablemente pasajera, en la quietud ensimismada del
pensamiento al observar— que conspira contra los momentos de blanca
tranquilidad. No soy el mejor para olvidar; diría que nací para recordar. Pero
este juego está hecho con otras reglas.
«[…] ¿Sabes?… está bien. Está bien. Te diré
todo de mí. Y espero que seas franca conmigo. Hagámoslo bien... ¿Cuidar el
corazón? Es lo más romántico que me han dicho. Yo voy a cuidar tu corazón...
solamente espero que también cuides el mío».
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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