Pacífico
Viento,
al
pie del barranco,
que
a la ola del mar paseas,
como
hierba que ondea en el campo,
me
ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,
acunando
mis ojos cerrados,
a
preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,
tus
ojos de otoño engastados?
Y
un colibrí que revuela
ha
trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.
«Cuenca,
¿a
dónde ha ido…
el
naranja rojizo de tus tejados,
lienzo
que vi del cielo,
con
su marco de valle verdecido,
bajo
un azul de sol apostado
que
a sus ríos pincela de fiesta…?
Cuando
la puesta nace,
su
viento cifra el fermento
de
una cárdena tarde,
que
al áureo sol el Ande duerme
como
moneda entre los valles,
y
pinta de estrellas la lenta noche
y enciende en azul sus catedrales…
A
la noche,
cuando
canta la glorieta,
su
gente acude a festejarle;
diciembre
de luminoso romance,
del
Calderón a sus callejas,
de
sus callejas a su valle;
regálame
otra vez tu lluvia buena
por
la que el pastor ora para el río,
que
cuando empieza, canta y resuena,
que
es chispa de amor bendecido.
Viento,
Cuenca es lo que veo;
su
recuerdo, lo que siento:
Una
noche,
de
lluvia inopinada,
entrelazando
su mano,
salimos,
por ventura, a buscar de tu frescor,
y
la lluvia que empezaba
convirtióse
en aguacero,
y
buscando guarecernos
un
alero nos halló.
Bajo
él,
con
la noche constelada,
y
empapado todo al paso,
aún
tomados de la mano, una emoción se dibujó;
su
mirada, su sonrisa,
la música
de prisa convertida en carcajada,
nos
abrigó del frío,
nos abrigó de amor...
y
bailamos como niños,
que
no saben del tiempo,
que
no saben de miradas
que
no dicen que no;
sonriéndole
a la gente que miraba nuestro verso,
nuestro
verso que era beso,
que
era amor, que era verdad.
Frente
al Parque de la Madre todo el tiempo se quedó,
mi
corazón y mi recuerdo,
mi
buen amor, mi buena amada...
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