sábado, 28 de diciembre de 2024

Lágrimas de Cuenca, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

























Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

Viento, Cuenca es lo que veo;

su recuerdo, lo que siento:

 

Una noche,

de lluvia inopinada,

entrelazando su mano,

salimos, por ventura, a buscar de tu frescor,

y la lluvia que empezaba

convirtióse en aguacero,

y buscando guarecernos

un alero nos halló.


Bajo él,

con la noche constelada,

y empapado todo al paso,

aún tomados de la mano, una emoción se dibujó;

su mirada, su sonrisa,

la música de prisa convertida en carcajada,

nos abrigó del frío,

nos abrigó de amor...

y bailamos como niños,

que no saben del tiempo,

que no saben de miradas

que no dicen que no;

sonriéndole a la gente que miraba nuestro verso,

nuestro verso que era beso,

que era amor, que era verdad.

Frente al Parque de la Madre todo el tiempo se quedó,

mi corazón y mi recuerdo,

mi buen amor, mi buena amada...

 

[...]







 


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