La gente ambula con desigual intención. El
mundo presenta una tarde de frío somero y la plaza revive con el paso de los
viandantes. Una voz repite que vengo porque el lugar se parece tanto a Cuenca,
y eso en parte es verdad. Estos días visité múltiples museos hallando una
antigua cultura que, paciente, me había esperado para encontrarla. Las horas no
han sido amigas. De tanto en tanto observo el móvil y necesito ver o constatar
algo que ya he aclarado en mi mente, pero que mi corazón aún no entiende.
En el reflejo del espejo observé abstinencia,
mi mirada atenta al escuchar alguna canción, incapaz de hacer entender a mi
corazón la ausencia de alguien infaltable. He sentido el egoísmo del mundo en
su dinámica eterna, en la sonrisa de la gente, en el beso enamorado de las
parejas que disfrutan el inicio del amor. La comida me ha sabido mal, la
soledad me ha pesado en los pasos, y mi concentración, hasta hoy, ha sido una
queja andante, prefiriendo el piano, llenando mis oídos, defendiéndome ante
todo lo que escucho y me golpea, cuando asienta el silencio.
A mi mente vienen pensamientos incompletos de
situaciones de culpa, donde debí responder mejor, donde debí quejarme menos; a
mi mente viene el error de mi ser y siento mi defecto intacto y listo para ser
nuevamente; a mi mente acude la música para acariciar mi dolor y recuerdo el
tono de su voz, seco y fuerte, grave e indiferente... a mi mente viene el punto
cuando se rompe mi amor y recuerdo oírla decir fríamente: «No lo mandes, esa
literatura no es la que leo», mientras que luego repetía a mi madre que en
realidad ella no era así.
«No era así», esa frase se mezcla con mis
pensamientos. Mi corazón no entiende la fugaz monotonía que se ha ido: la opción
de verla, las discusiones al móvil, las colgadas constantes y el desamor que
decía veía en mí. Simplemente soltó y ahora todo lo que veo en el reflejo es un
acto que resuena como el gatillo de un arma de fuego, disparándose una y otra
vez.
Me pidió que me acercara a Dios, dijo que
traería a un mentor, pero en el fondo soltó, sin duda.
—Es que no entiendo, ¿que no puedes hacerlo
solo? ¿Que todo tienes que hacerlo en pareja? —dijo ese día.
Una persona, algún tiempo atrás, mucho más
liberal, me explicó que había cosas que no podía hacer en sus veinticinco, que para
ella era tiempo de experimentar, que eso era lo que quería. Me lo dijo y algo
en mí frenó. En cambio, esta persona, con quien incluso leía la Biblia, no
reparó en las consecuencias; sembramos una promesa de amor, planeamos un futuro
juntos y yo estuve guardando cada cosa que creamos mientras memorizaba nuestra
historia para al final arrancarme todo el cariño con esa indiferencia, con sus
actos, con sus cambios.
No sabré si fue la ansiedad o ella. Solo sé que
un día se disculpó por lo que sin querer dijo y que me repitió ese motivo la
noche de un viernes, que no veía a Dios en mi corazón, que ya sabía por qué estaba
intranquila y por qué no podía conciliar el sueño; o sea, que al final era más
de lo mismo; o sea, que siempre pensó en ello, que nunca estuvo muy segura. O
sea que el amor nunca fue lo que sentía; y si lo era, no alcanzó para llamarlo
elección. A mi madre le dijo claramente que ella no era así, que era más fría,
que no era tan cariñosa, o sea que había fingido todo ese tiempo, forzando ser
alguien que no era.
Solo dudo de aquello de su ansiedad, de si
conoció a alguien, de si es... tan seria como dijo. Al final es solo eso, un
error, otro error que cometo, una enorme exposición de mi ser, una incontable
dación de mi fuero y una interminable sensación de pérdida por todo lo dado,
algo que aún con todo mi corazón no lo entiende, porque sigue doliendo, con un
dolor que fluye, como el paso de esta gente en la Plaza San Martín.
Fue el primer día que la vi, el abrazo en el aeropuerto;
fue el primer beso, el escoger ese lugar donde quedarme; fue todo y cada una de
las escenas que recuerdo... ambos bajo la lluvia, caminando serenamente protegidos
por el paraguas; a paso raudo, porque el aguacero dejaba en la ropa su peso y
las sonrisas nos bullían mientras la tomaba fuerte para que no cayera por
resbalar; y luego, caminando por la avenida buscando un taxi porque no paraba
de llover... comiendo en algún que otro restaurante rápido, disfrutando esas
horas y todos los gustos que tenía; saliendo por la tarde a solas a simplemente
caminar, ir a comer escarchado de coco y disfrutarlo mirando la gente;
esperarla frente a la panadería para que llegue a casa con bien; jugando dominó
en esa mesa junto a su familia; juntos en algún peldaño de la escalera con la
luz apagada o viendo las estrellas en silencio como en el Parque de la Madre,
donde, recostados, veíamos el cielo mientras nos subían las hormigas; bailando
en esa agencia de banco —ese inesperado refugio de cristal que nos dio la
lluvia—, mientras la gente nos miraba bailar y nos sonreía. Fueron tantos
momentos que podría no parar de anotarlos; siempre le decía: «¿Ves el cielo? ¿Sientes esto? Por
favor, no lo olvides; guárdalo en tu corazón.» Yo lo guardaba para cuando lo
malo viniera, sabiendo que era mi ancla. Ella nunca lo entendió; nunca entendió
que ese embelesamiento de mi franca sonrisa por lo que hacíamos era justamente
porque guardaba todo para nunca olvidarla, para pegar mi vida con la suya.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
