—¡Quiero verte sonreír, viejo! Quiero verte sonreír.
Cómo explicar que no es algo que se encienda como el interruptor de la recámara: on y sonríes.
No ha sido nada fácil. Los niños juegan, al aire de la noche, la libertad de un viernes después del colegio; las parejas difuminan o extienden el calor de su amor según encuentran muchas o pocas las miradas y la brisa del mar despliega un perfume salado que toca en silencio y recuerda las barcas suspensas desde el Malecón Grau. Es el mismo parque sobre la banca de madera y el latido que impulsa la sangre es del mismo corazón, pero hay algo diferente y dormido, como un cansino dolor.
El sismo del contiguo país austral ha provocado un leve descenso en la temperatura; el frío ingresa entre mis cortos shorts e invade mi eventual calor de hombre desabrigado. Ciertamente ingresa, pero se irá una vez que vuelva a casa, protegido por las paredes de la habitación. No podía decir eso de otro sentimiento invasivo que convivía conmigo la noche lenta y el largo día.
Una libertad de observar, mientras sorbo una cerveza, se apodera de mis adentros como la sal que inhalo y que libremente ingresa, o como el grito de un niño que reclama, por alegría o emoción, que le acerquen el balón: que es su turno, que le toca jugar, mover los hilos y quizá, como yo luego de su turno —moviendo el balón libremente a donde más le place—, pueda finalmente sonreír.
—Pensé responderle, pero no venía al caso ninguna palabra. Solo nace si se siente. No buscas sonreír; solo es y nada más.
En algún lugar del tiempo se ha perdidoÚnicaespontáneaverdaderaLa que en un espejo viBella por sincera.—¡Solo es una foto! —esgrimieron.Nunca lo entendí.En algún lugar del tiempo he comprendidoSonreír es mentir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario