Llevo a mi abuela serenamente por la vereda,
con esa calma que solo saben dar los hábitos.
No sabía que me miraba.
Tropiezo. Me detengo un momento y ato las agujetas de mis tenis.
De pronto, se arroja al pavimento, como esperando que un vehículo la arrolle.
El coche frena.
Vuelvo a mí; la incorporo con cuidado: sollozante, con la boca entreabierta y los ojos oscuramente absortos.
—Hago daño —me dice, triste—. Ya es mucho tiempo que sigo aquí.
Despierto.
Ciertamente mi abuela nunca quiso irse de nosotros; vivió feliz.
Pero mis recuerdos están cansados de verme sufrir y buscan suicidarse.
Tropiezo. Me detengo un momento y ato las agujetas de mis tenis.
De pronto, se arroja al pavimento, como esperando que un vehículo la arrolle.
El coche frena.
Vuelvo a mí; la incorporo con cuidado: sollozante, con la boca entreabierta y los ojos oscuramente absortos.
—Hago daño —me dice, triste—. Ya es mucho tiempo que sigo aquí.
Despierto.
Ciertamente mi abuela nunca quiso irse de nosotros; vivió feliz.
Pero mis recuerdos están cansados de verme sufrir y buscan suicidarse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario