Sabía cuándo, sabía cómo, sabía dónde. Y es que era tan perfecta la costumbre de su soledad que, cuando miraba esos ojos y sentía venir esa emoción olvidada discurrirle en el pecho, no se sonrió ni habló de mariposas; se ahogaba de miedo por visiones futuras de finales abruptos, presintiendo en las frases visiones que completaba en su mente antes siquiera de oírlas terminar. Y, como mercader de algún género, comparaba en una ficticia balanza aquello que sería amor con eso que ya le era perfecto. Y casi siempre, aquello salía perdiendo.
Llegó a pensar irremediablemente perpetuo el refugio de su soledad, porque «¿Quién habría que fuera tan...? y repasó cada adjetivo; y no le faltó ninguno para decir que alguien mejor no habría. Aunque, quizá no era cierto, porque siempre habló con Dios: oraba al inicio y al final del día. —Entonces no contaba como soledad. Pero, si era así, ¿por qué tenía tanto recelo?
A esa mirada a las 4 pm la esquivaba, a la sonrisa la rehuía. Y cuando se creyó terminado de curarse del todo descubrió que, incluso a lo lejos, esa voz era como canto de un ave que le invitaba a decir: «Pasemos a solas y andemos». Entonces volvió a mirarle los ojos, a notar la gracia única de su carcajada y completar las frases que le oía en cada conversación, porque había algo que le dictaba qué decir para que surgiera único e interminable ese tiempo de los dos.
Solo tres meses después, de tanto ir atrás para luego más acercarse, le confesó a Dios que no era otra cosa que el inicio de eso que, ya de terror, le llamaba enfermedad.
Esa noche tomó su Biblia y al terminar el versículo del Salmo se inclinó, un poco más solemne que otras noches.
—He enfermado —empezó a orar.
Y con una lágrima confundida en su sonrisa, confesó.

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