viernes, 28 de febrero de 2025

After noon - III

 


Qué decir:

          —Un gato perdido en el atardecer.

          —O, me descubrió un gato contemplando el atardecer.

          —O, la tarde araña mis sentidos con sus bellos colores, mientras felina — la mirada de un quieto amigo sobre las vías del tren— me descubre arrobada conservando en mi lente el metal que ha grabado el cielo en oro al poniente.


Nacer febrero




Hay una broma que siempre recuerdo, y seguro, se ha mencionado en otros lugares y no solo en oficinas de trabajo.

Alguien había cumplido años en la oficina; entonces se jugaba con eso. Era noviembre y, creo que era Henry el nombre del agasajado.

    —Henry, ¿cuántos cumples? —dijo su compañera más cercana, con voz atiplada, porque sabía que era su cumpleaños.

    —Tantos (y dijo su edad).

    —¡O sea que catorce... y de noviembre Henry!

Entonces, dos compañeros que habían nacido en el norte de Perú (Piura, creo) —uno regordete y pequeño y el otro, más alto y con lentes—, sin esperar palabra de alguien más, se dijeron el uno al otro, con más ganas de reír que conversar, como si empezaran un improvisado stand up a manera de diálogo, e interrumpieron:

    —¡Noviembre Heeeeenry! Hum. —dijo uno, con una voz medio cantada y demorada en la vocal (típica en los del norte de Perú).

    —¿Viste cumpa? ¡Papi y mami no se andaban con vainas en febrero! —respondió el otro.

    —¡Ay, los catorce cumpiiiiita! Como si nunca hubieras sido crío.

Y Henry, ingeniero minucioso y astuto, les respondió: —A ver, ¡si serán no más mis padres! ¡Levántenme la mano quienes más cumplen años este mes! (...)

Ese día, el gerente, cuya presencia apagó el abierto escándalo, se detuvo en carcajadas en su cerrada oficina, cuando la secretaria le señalaba (además de las reuniones que seguían) que la risa escandalosa de todos era... porque la pregunta de Henry reveló que, en el piso 7 del edificio que quedaba en la avenida Encalada, el 90% de los que trabajaban habían nacido en noviembre, y que casi todos, entre el 14 y el 25 de ese mes —fechas más, fechas menos—, y que, expansivamente, todos hablaban del catorce de febrero como el culpable, sin considerar otras medidas sanitarias o de seguridad que pudieran paliar el número de onomásticos. —Entiéndase, por favor, la referencia.

Las calendas de febrero no solo contribuyen a estos calores, sino que también hablan de romance. Estoy seguro de que conoces la leyenda o mito del obispo que casaba (en contra de la voluntad del emperador: «no matrimonios, pues la soldadesca se fortalecía con la bravura de los varones más jóvenes que no tenían vínculo familiar o amoroso») a todos los militares que, enamorados, querían ver su enlace consumado. Entonces, quizá con manos temblorosas y rosario en la cintura, Valentín de Recia, sellaba amores bajo la misma luna que hoy me observa. Y descubierto y sentenciado un 14 de febrero, signa a esta fecha, en parte, el nombre y su romántico valor: el de los enamorados.

Como los que vi: Entre mis recuerdos, el catorce de febrero en Cuenca era un torbellino de pétalo y fragancia, cuyo vórtice o centro era la frondosa Plazoleta de las Flores, un lugar donde el auspicio de la naturaleza se dejaba oler y mirar por igual. Solamente salir del portón —del lugar en que vivía—, junto de la panadería, y descubría la primera de muchas escenas cariñosamente repetidas en los siguientes minutos camino hacia la pequeña plaza. Un chico, con un precioso ramo de flores, obsequiaba —sin inclinarse, pero con un orgullo o timidez en la sonrisa— ante la mirada de inconfundible amor de la chica de vestido azul, que besos después, y entrelazadas las manos sería lo mismo que vería en cada esquina que crucé: en el Parque Calderón, bajo las columnatas arqueadas de la Gobernación del Azuay y, remozando —como tiernas estatuas que se besan— la religiosa presencia de la Catedral de la Inmaculada Concepción bajo la azulada compañía del atardecer de sus cúpulas. El amor —diría García Márquez—, me envolvió en el clima atónito de sus miradas, enfrascadas en un dar de aroma, beso y color. Y yo, perdido entre esos colores, intentaba develar el ramo adecuado, para la persona que orientaba la flecha íntima en la brújula de mi corazón. Llevado por el tocamiento seductor de las fragancias, atraído por la lozanía blanca de los lirios, guiado por el amarillo juvenil de frescos girasoles; confundido entre mi amor y todos los amores que florecían ante mis ojos...

En el atrio de la iglesia de El Carmen, del Monasterio del Carmen de la Asunción —perdido en mi busca de lo mejor a lo que tocara su corazón— donde montan vibrante y fresca, en stands cercanos como amigos, concentra viva la historia sus colores en la deslumbrante floresta de Cuenca.

Que no he vuelto a ver... 

aunque me brilla en la memoria. 

Y que después, pero ya distante... y nuevo el camino en el tiempo: no gusto recordar... por ser infausto el febrero que vino: cuando el mundo le dio la siguiente vuelta al sol y se me olvidó que en el cielo habitaban la luna y las estrellas, cuando el verbo «celebrar» se me deformó en la mirada y, conoció mi centro lo que le hace un sismo a la tierra. Cuando la habitación de mis yoes se descerrajó en la tormenta, y vi volar por los aires mis temores, mis pasiones y mis ilusiones como pequeños sacos de mierda... Cuando, luego ciego, aprendí a tantear; y que tanteando quizá ya estoy otra vez volviendo a mirar.

Yo nací en febrero, y mi lágrima es una barca que ha cruzado tantas veces a la orilla.

Y la primera vez quizá fue hace ya años, cuando el reloj no alcanzaba las dos de la tarde, ni el aire mi tráquea oprimida por el cordón umbilical; viernes sé de muy buena fuente que, en derredor, se jugaba con agua, globos y pintura, o que los gritos de sorpresa y alegría llegaban entremezclados hasta la sala de parto. Con la primera persona que me entendió al mirarme y quien, con su mirada, me dijo «te amo eres fuerte»; ella, me contó que mientras pujaba se daban de globazos inclusive enfermeras a los enfermeros. De romántico corazón porque ella así me lo heredó, y perspicaz por quien —en su tierna adoración de mujer enamorada— ella me deseara completo su nombre al ser su primero y único amor.

Sí, yo nací en febrero. Como muchos otros que se parecen a mí en santo y estrella.

que ven un punto fijo y, calladamente, sueñan...

Esos... que entre la multitud se ensimisman recordando viejas escenas...

Quienes con metáfora... terminan explicando lo que no pueden de manera directa...

Todos los que se quejan de que el diccionario no indica cuánto tiempo implica el verbo olvidar...

Yo nací en febrero, y también escribo llorando, y quizá...
te enamoras al leer en mis líneas lo que en mi mejilla ha sido sal.

Yo nací en febrero y he muerto más de una vez esperando...

En febrero, un día que duplica al catorce y he pensado que por eso llevo tanto romance aquí dentro.

Nací en febrero, y me banco el mundo con mis ojos plenos de luz y miedo;

que nací en febrero y me quedo viendo la tarde descrita con las palabras de mi dentrura;

yo nací en febrero y celebro la soledad del espejo,

y no me quejo:
diplomacias ningunas,
la memoria grande
¿y el corazón? quijotesco...

Y siento que es, como la preciosa orquídea que obsequié esa tarde, el perfecto mes para notarme, que estando más cerca al sol —casi quemándome, casi enero, casi que arde— es desde donde el espectáculo se ve mejor, desde donde la luz es más clara, cuando se enciende más el sueño,

que febrero no solo es mes del soñador: 
del que vive con las suelas arriba del suelo;
que soñar es acto humano 
y que, para agarrar con las dos manos, 
con la mente se sueña primero. 

Yo nací un febrero.
Con el corazón en la mano, un 28 de febrero.


miércoles, 26 de febrero de 2025

After noon - «Días del sol»



No tan temprano,
desayuno lo que encuentro en la mesa y una taza de café;
luego ordeno la cama,
y, a veces, tomo el celular solamente para reír.
Pero no es suficiente.

Hago algo de deporte,
y el espejo me asegura que ya soy yo
—o, quizá, que lo aparento mejor—.
La ducha refresca el cuerpo y el espíritu;
meriendo austero lo que veo,
y satisfecho agradezco...
Pero, no es suficiente.

Entonces salgo de casa
y camino unos minutos hacia el malecón,
por la vera de la gente, hacia lo alto, junto del acantilado;
el horizonte revela al sol, coronando el azul del cielo
sobre la eterna paciencia de las olas, ponerse;
y diezmando sus colores,
parece,
que Dios entrega a la distraída platea otro lento atardecer.

Algo del mundo ingresó por las miradas
y se ha prendado, acariciando de modo incierto, mi corazón;
sonrío en silencio entre la multitud presente
y, pienso sentado, ya sin esfuerzo
que me descubro inmerso dentro del cuadro de la poesía de Dios,
donde no importan los porqués,
porque si soy presente,
entonces ya es suficiente...
ya es suficiente.

martes, 25 de febrero de 2025

After noon - II

 


Era la sétima llamada. Marcia decía que tenía que ir y yo solo quería otro momento más a solas. La oficina, el trabajo, el supuesto horario de verano —que es en realidad un saludo a la bandera— me desborda día a día, pero no me puede (llevar) un viernes. 

He vuelto donde estaba a ver qué encuentro a esta hora. El coche está detenido detrás y el viento parece decirme quédate otro rato más y espera para mostrarte algo importante. 

Marcia de nuevo y no quiero contestar, solo unas fotos más, qué espere.

Ayer vine deseando encontrar en la tarde algo que siento que he perdido, escabullido dentro de mí. Juraría que cada foto me descubre una pregunta y con suerte, una respuesta. Miraba el horizonte y cuando encontraba el momento adecuado para definir con mis ojos lo que tengo atestado en silencio el ring de la oficina y otra urgencia me trajo a rastras.

 «Creo que mucha gente lleva dentro, apretada y vagamente oscurecida, esa pintura que ofrece este cielo: un casi vórtice lateral y denso —como (empujado) por el viento— que presiona el espacio en el perímetro de lo que abarca la mirada. Lo que podría ser únicamente el horizonte (—una línea que separa la quietud del suelo de la inmensidad celeste, salpicada por un impar colectivo blanco-negruzco—) confluye en tantos motivos atrapados en quien mira, que traduce el cielo en algo que guarda vagando en el silencio opresor de la soledad.»

lunes, 24 de febrero de 2025

Esperar

 




Aunque no he leído alguna respuesta escrita. Imagino la sola idea de la pregunta vagando —deambulando— en la memoria de alguien que quiere o que supo querer.

Las locuras por amor son una cesión obsequiada al otro lado de la orilla. No es para nosotros; pero nuestro corazón —emocionado— goza o disfruta en su comisión.

Dar en demasía —aunque la contemporaneidad nos augure, como dice Calamaro: «mi vida fuimos a volar, con un solo paracaídas...»— nos ofrece la libertad de la lágrima genuina o de la sonrisa verdadera. Dar incondicionalmente enseña a amar. Al contrario, no hacerlo, deja el puro y agrio sabor del arrepentimiento, que vuelve como regurgitado de cuando en vez las escenas del día nos señalan recuerdos.

En la vastedad del cero de las respuestas, que son imaginaciones o memorias no escritas, pienso en las muchas cosas que a través del tiempo he oído. Desaforadas unas, quizá imposibles otras, pero ninguna común, porque para un corazón enamorado todo tiene alto valor:

—Los que pasaron una noche entera donde no esperaban.

—Los de las serenatas.

—Los que dijeron la mentira más increíble que no pensaron decir para pasar ese día compartido

—Los que regresaron enamoradamente, por perdonar.

—Los que viajaron motivados por el solitario y blanco verbo creer.

Hay muchos motivos que alegran el corazón por el claro horizonte que vislumbran: para que el amor continúe. Y la historia, no es ajena, recoge menciones imborrables que demanda notarlas:

—Famoso es el emperador musulmán que mandó construir, en la hoy India, el Taj Mahal; al perder su amada. La belleza de la construcción ha quedado para la posteridad, nombrada como «una lágrima en la mejilla del tiempo».

—O, el de un rey que, por amor a una mujer divorciada —impedimento religioso para la corona inglesa al ansiar consumar segundas nupcias (casarse)—, renuncia a su corona, al trono... a su linaje.

Todo... y lo que sabes que yo no sé tiene un alto valor entre las razones que responden mi pregunta: ¿Cuál fue la más grande locura que hiciste por amor?

Algunas se realizan después del amor, otras para que éste continúe. Pero todas, en nombre de lo que uno siente.

Siempre he pensado —y quizá compartas lo mismo que yo— que el amor más genuino es el primero: el que desconoce el cataclismo de los finales: el de la adolescencia, el primero. El que, sin preguntar, te arrastra... o, ciertamente, te hace volar. El tiempo ha pasado, y considero que hay uno más fuerte todavía: el que eliges, el que dictaminas «será» por propia voluntad. Cuando, al conocer a alguien —vistos los atributos y los defectos (y todo lo que piensas para valorar)—, eliges y empiezas a bregar. La rotura de este... creo que inclusive suena o resuena en uno... como si una gran ola golpeara, con su estruendo, el pacífico tiempo de la playa que creímos solaz. Ese amor.

Por uno así salí del país, convencido, cumpliendo una promesa compartida. Y, más tarde, cuando la borrasca detonó en una petición que se tradujo en «guardémonos el corazón dos meses...», mi respuesta —indigna de la adultez: pueril e ilusa, ciega y enamorada— me hizo esperar. Dos meses en los que construí la poesía más transparente que me nació del corazón.

La locura más grande que hice por amor fue esperar. Un solo verbo reflejado en todo lo que supe: esperar. Esperar.



sábado, 22 de febrero de 2025

After noon

 




Una pareja, oculta de la mirada por el cobijo de la multitud, en su beso —al igual que la tarde— enciende su rojo... para hacerse magenta, de un fulgor de promesa de amor que se pierde en el horizonte. A la intensidad de su romance corresponde el cielo con una sabia franja que, en gradiente acuarela del carmín, traza con notas de colores. Y como entrelazan las manos la pasión de sus sueños, funde el rojo en la oscuridad del azul que cae mientras los minutos suceden. Abajo, el mar y su canto sereno de olas es, al igual que la gente, espectador del ocaso, y yo, sentado en la banca, los observo contemplar otro verso que cesa en la dulce poesía de Dios en el lento atardecer.




viernes, 21 de febrero de 2025

Después

 








To the moon - II

 








—La primera es astral.

    La segunda irreal.

    La tercera cósmica.

    La cuarta onírica.

Aunque... la última foto... hay que hacer algo con ella, con ese azul...

—¿Qué harías?

«...meditar la unidad de su composición, la soledad de la silueta y el, casi signo, la luna. Sin contar los arbustos que matizan... diría que son tres soledades reconciliadas en la cámara.»








To the moon - I



«Qué delicadeza de foto. Diría que un modernista japonés pintó el cuadro en la salita de su pequeña casa tradicional —lento el trazo, descalzado y de cuclillas—, a la luz de la puerta corrediza hacia un jardín de cerezos, cuyo aroma lejano —como su niñez— le figuraba la pequeña luna que pinta para recordarla.»

martes, 18 de febrero de 2025

LC, V - Lágrimas de Cuenca (al Viento)

 






Pacífico Viento,

al pie del barranco,

que a la ola del mar paseas,

como hierba que ondea en el campo,

me ha traído tu paz, sobre esta banca de muda madera,

acunando mis ojos cerrados,

a preguntarme: ¿a quién, solitario, recuerdan,

tus ojos de otoño engastados?

Y un colibrí que revuela

ha trinado: «Cuenca», han dicho sus labios.

 

«Cuenca,

¿a dónde ha ido…

el naranja rojizo de tus tejados,

lienzo que vi del cielo,

con su marco de valle verdecido,

bajo un azul de sol apostado

que a sus ríos pincela de fiesta…?

 

Cuando la puesta nace,

su viento cifra el fermento

de una cárdena tarde,

que al áureo sol el Ande duerme

como moneda entre los valles,

y pinta de estrellas la lenta noche

y enciende en azul sus catedrales…


A la noche,

cuando canta la glorieta,

su gente acude a festejarle;

diciembre de luminoso romance,

del Calderón a sus callejas,

de sus callejas a su valle;

regálame otra vez tu lluvia buena

por la que el pastor ora para el río,

que cuando empieza, canta y resuena,

que es chispa de amor bendecido.

 

[...]








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LC, Parte III

 






La memoria y las emociones están tan enraizadas que es difícil entender la espiral que generan los recuerdos. Acendrar, un remolino, una interminable composición de imágenes refulgentes conectadas por palabras... la duda aplicada a esta... [..]    



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LC, La mitad de lo que siento

 







Que nada le aflija,

que olvide el “te quiero”,

que ausente la magia de amor un momento;

que sueñe en la cama

y no lo haga despierto,

que bese y no sienta el amor en sus besos;

que olvidar sea un deporte,

que mentir sea correcto,

que aligere la carga de todo sentimiento;

que use la razón,

que sea amor por defecto,

que el abrazo y el beso sean dos partes de un juego.

 

Que el catorce sea trece,

que no exista febrero,

que al llegar ese día haga fiesta en mi duelo;

que al amor sienta el frío

como un cubo de hielo,

que el suspiro sea tos que le enferma a momentos;

que no digas “no puedo”,

que me digas “te entiendo”,

que mañana de pronto ya no sigas latiendo,

yo que intento arreglarte,

pero nunca estás quieto.

¿Ves? tristeza es a amor como fin a comienzo.











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LC, Parte II





Los puntos suspensivos es un signo que interrumpe una idea, porque se sabe qué continúa, o porque la deja inconclusa, quizá una acción. Me encantan, a veces los cuentos terminan con puntos suspensivos, incluso cuando el punto es final. En la vida, en la vida de las relaciones [...] 




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LC, Me apagas y me enciendes

 




De alguna manera,

que no sabes, ni entiendes,

mi corazón coopera

y me apagas y me enciendes.

Yo sé bien que no lo intentas,

sólo sonríes y te alegras,

mientras en mí algo se detiene.

Soy culpable.

 

Te miro y me sujetas,

el tiempo dura eternamente,

y cuando más quiero te alejas,

y me apagas y me enciendes.

Es triste ver el cielo así,

cayendo poco a poco me parece

que no pudiéndome decir

resuelve hacer de gotas preces.

 

Tú sonríe y mira siempre,

pon la luz entre la gente,

yo haré de mí un efecto error

y de este sueño un sueño inerte,

pues la tristeza no es tristeza,

es mi corazón que no comprende,

que, de intentar ya tantas veces,

ni se apaga, ni se enciende.








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LC, Parte I






Cuando pude —ya que le escribía constantemente y guardaba en mi libreta nuestro diario compartir— aprovechaba breves lapsos de tiempo y, entre mi trabajo y todo lo dicho, anotaba una idea, una frase renuente en mi memoria o una pareja de palabras que, de no hacerlo, solo se iría de mí. Esto sería el tronco con el que formaría un precioso mueble que soñaba entregar como obsequio inmarcesible… y que no pudo ser. [...]




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LC, Índice










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LC, ...

 





Poemario desafortunado, que 
planeaba hacer, completar y obsequiar;
 teje las memorias que compartí, que
compartía... [...]



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LC, «La belleza está en los ojos… la poesía, en la voz»

 





Finalmente, la voz —tanto por su entonación como por el modo de emplearla— hace de un párrafo algo que se ha grabado profundamente en la memoria o algo que no se entendió del todo. Un poema puede ser precioso o rico en profundidad, pero, leído de cierta manera, carece de alguna de sus tantas bellezas: la sonoridad y la aprehensión que este detenta.

Leer es un verbo libre; se realiza como uno más placer siente. Sin embargo, [...]





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LC, Prólogo

 





Cuenca es una ciudad de Ecuador en la provincia de Azuay, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar. Oficialmente se llama Santa Ana de los Ríos de Cuenca, y como su nombre «explícito» indica, es una cuenca: un valle rodeado por cuatro ríos que le dan un contorno verde tan intenso como al de una hoja que acaba de nacer. El centro histórico está habitado por casas de variada forma y tamaño, las más, en armonía con la naturaleza que las rodea llevan el color terracota en sus amplios y largos tejados, que cuando llueve toman ese tono naranja rojizo, que, por ser tan vivo ante mis ojos, creo que nunca olvidaré. La lluvia es muy importante y marca en parte el ritmo de los días, cuando es abundante paraliza la cotidiana vida de su gente, entonces salir a correr o ir a pasear al Parque de la Madre es una idea pensada solamente detrás de las ventanas, otras personas deciden salir con paraguas inclinados por la belleza de observar el lugar bajo el brillo de la lluvia. Cuando escampa y, al contrario, el cielo se ausenta de tocar el suelo durante mucho tiempo, en las Casas de Dios oran por su pronto retorno, porque sus ríos beben de la lluvia de ese cielo y Cuenca vive bebiendo del frescor de sus ríos. El sol, muy temprano, después de una noche de pleno aguacero, aparece con un brillo que azula el contorno de las lejanas montañas y limpia el cielo con sus haces amarillos, bordando con cada nube el sereno celeste del firmamento; cantan las aves escondidas detrás de las ramas, respirando la vida que comienza para darle encuentro, empezando en simultáneo color y sonido, el tiempo se hace franca poesía, naciendo del silencio, y sucede todo lento, tan naturalmente lento. Entonces, estás de pie tras la ventana de la terraza de una casa alta, acompañado por alguien o tal vez en soledad, y admiras algo tan simple en el curso de una vida, como puede ser contemplar la mañana.

Cuenca es el lugar al que fui [...] 



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Para eso no sirve

 





«Para eso no sirve»

Es una frase que nunca olvidaré. La dice Melquíades a José Arcadio en Cien años de soledad, cuando este último, en lugar de ver en la lupa un objeto para ampliar la imagen, descubre en ella un arma: bajo el sol, la lente no solo amplifica, también quema, incendia.

Este poemario no sería lo que es si el tiempo hubiera tomado otro rumbo. Como el sol a la lupa, el destino le otorgó una condición que no preví, una que jamás imaginé y que, de haberla visto antes, quizá también habría desechado con un «para eso no sirve». Pero no fue así. Y hoy, convertido en algo que no busqué, Lágrimas de Cuenca es lo que es: tal vez un refugio, tal vez un arma, tal vez ambas cosas. 
Un refugio de la soledad, un arma contra ella.  
Las lágrimas, involuntarias y empujadas por la abundancia del corazón, sellan y disuelven las grietas de lo que se soñó, de lo que no fue, de lo que ya no será… y de todo lo que queda.


«Poemario desafortunado, que planeaba hacer,
completar y obsequiar; teje las memorias que
compartí, que compartía... del inicio, el albor,
las vicisitudes y el triste final de una relación
que esperaba como agua de mayo. Lienzo 
pintado con emociones de la mirada íntima 
de una persona que conoció el amor.» 



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viernes, 14 de febrero de 2025

Starman



A David Bowie le parecía que la versión de "The man who sold the world" que interpreta Nirvana era muy triste; seguramente diría lo mismo de la de Matt Johnson, en el consolador canto acústico de su "Starman". Creo que sabía que de la tristeza han nacido creaciones de arte memorables, incluido el campo de la música, pero quizá simplemente no le agradaba ese sentimiento en su obra.

Eran más de las diez de la noche y regresaba de ese lugar donde no tocan Bowie, Queen o Nirvana; aunque, quizá, como ellos, con su música, también intentan arreglar los muchos corazones que se han roto por el paso del tiempo, dándoles un tono de fe con el que puedan afinar sus vidas. Se habían puesto de pie en el estrado, espontáneamente, uno por uno, a agradecer lo que el 2024 les había dejado. Y entre las muchas voces que atizaban el eco de esperanza en los oyentes del auditorio, Gael, el niño de 7 años que, con aplomo convencido primero y depuesto al silencio —debido al sismo de una emoción contenida— después, silabeaba entre lágrimas que agradecía a Dios o al destino que, luego del accidente en moto de su madre la tuviera viva y felizmente suya otro año más en su pequeña y corta vida. El pastor, con delicada sabiduría, le ayudó a terminar lo que en Gael ya era una mezcla de tristeza, fe y alegría atropellándose para salirle por la boca, y, entre aplausos, acalló su contenido sollozo imposible de parar.

Como su sollozo, resonaba en mi oído la frase «Un día voy a estar corriendo» de una mujer que, convencida, aleccionaba con la alegría de su enorme sonrisa, porque compartía que todo aquello que había recuperado en el año y lo que le quedaba por recuperar de la movilidad de su cuerpo era, con Él, con quien lo haría: con quien lo iba a solucionar; que no importaba si hoy no caminaba perfectamente, porque sabía que, un día no muy lejano correría, y sonreía mientras se disponía a repetirlo —no sé si con la boca o con el corazón. La fe puede sentirse como una luz que brota del espíritu, derramándose en un calor que desborda como lágrimas trazando caminos silenciosos por las mejillas. Así vi dibujarse esa fe en los rostros del auditorio, unida espiritualmente por el brillo de sus ojos.

Más tarde, con un trozo de vela cada uno y una llama tan cálida como amarilla, en canto personal y común, agradecían todos ordenadamente; y alcancé a oír, compartido e igual en mi pensamiento: «por mi familia, por esta familia y por las casualidades que da el destino». Diría que cada uno encendió el fuego de su estrella mientras orábamos cálidamente a Dios.

Las luces dentro de ese oscuro lugar y la ternura saliendo de cada palabra fue tanta... que me recordó a mirar las estrellas, cuando era niño y agradecía mis ojos, porque podía verlas tan bien que no dejaba de observarlas.

A veces miro el cielo y capturada mi atención siento una naciente nostalgia que se confunde entre mis recuerdos. Sé que cuando niño y lo recuerdo muy bien, el cielo desde la Villa de Buenos Aires era un espectáculo para mí, y yo me quedaba observando esa sincronía de luces titilantes. Mi vista era mejor: podía distinguir inclusive —lo recuerdo— el titilar de sus luces y la diferencia entre una y otra. Concentraba mi mirada en una, o un grupo, o un cúmulo como luego leí. Y notaba ese patrón uniforme al mirar. A veces lo que observamos no es una estrella sino un grupo, o una galaxia entera, cuya unión de estrellas la hace fulgurante, otras veces es tan solo una y es tan potente que hace lo que miles. Esas luces las sentía dentro de mí, lejanas y cercanas a través de mis ojos.

Solo recuerdo tres veces ver estrellas fugaces. La primera fue a esa edad justo desde el porche de mi casa, donde mi tío acostumbraba una y otra vez a pitar ese triste cigarrillo con la pierna flexionada sobre la piedra más grande que había, dejando una liviana estela de humo tras de sí, detenido admirando el cielo. Estaba con mi hermano que no la vio, y una estrella fugaz no se detiene a esperarte, simplemente la vi y él no. La segunda, fue en Cuenca, junto de alguien especial, que hoy por su ausencia acongoja mi corazón como el brillo de otra estrella que por lejana siento bella e inalcanzable; y creo que... ella tampoco la notó. Abrimos los grandes ventanales que cubrían el rellano de la escalera de ese edificio —donde ella vivía, en el cuarto piso— una noche que había acabado de llover copiosamente, justo después que el calor naciera —y notar que la noche era inmensamente estrellada— le pedí que observáramos atentamente, como recordaba hacerlo de niño y, oblicuas las miradas, quizá la vi o la vimos moviéndose rápido entre la multitud de luces del tapiz azulado del cielo: una raya brillante que desaparecía fulminada en su trayecto.

A veces recuerdo la frase de Carl Sagan: «estamos hechos de lo mismo que las estrellas» que, «el cosmos está dentro de nosotros». Que somos extraordinarios tanto como ellas: hechos para brillar. Y siento mezclada la tristeza y la fuerza que me da observarlas lejanas detenidas en el firmamento.

Enternecido por la velada y su oración de agradecimiento, terminada ya, camino por la acera, disociado de la multitud de gente que va y viene, con mis audífonos en modo cancelación de ruido y caigo en la cuenta de que Dios —o el viento— han despejado las nubes del lugar y que puedo ver arriba, claramente, cómo el espectáculo del cielo continúa agradeciendo mientras transcurre la noche. Alguien me hace señas y me pregunta hasta dónde voy. Resuelve que es muy lejos para ir caminando, increpa por qué no voy en vehículo; miro al cielo, y no sé manera de decirle que «no quiero dejar de contemplar cómo las estrellas, arriba, me parecen luces que agradecen: como niños con velas; que las quiero observar, que las quiero contemplar». Lo miro y le digo que me gusta caminar, que solo es eso y parece aceptarlo. Enciendo "Starman" y oigo la voz de Matt Jhonson con el sentido acorde del ritmo de su guitarra 
cavando en mi corazón, levanto la mirada mientras camino, y siento que... los recuerdos —lejanos como las estrellas— se acercan y se mezclan dentro de mí, y pienso que la tristeza y el agradecimiento son luces de una misma constelación, que ambas embellecen la vida y la llenan de sentido. Que, si he llegado a ese lugar, donde todos agradecen por las pruebas, por las tristezas que construyen su fe y su corazón, es que está bien, que no importa por qué llegué, que debo entenderlo, porque alumbra mi camino. Sigo caminando y el cielo me ofrece por tercera vez en mi vida una estrella fugaz —y un inevitable vacío que me agrieta y molesta, que fue sonrisa y que aún no cierra, me lleva a Cuenca—, y siento la tristeza de la melodía de la canción acudirme y devuelvo una lágrima, conmovido, en agradecimiento.









«Cuando estoy en la calle, de noche, y escucho esa canción miro al cielo fijamente, como quien presencia una batalla: mi tristeza luchando contra mi alegría; y pienso, sonriendo, que un héroe de colores bajará para ayudarme.»

 

XD/TT