Creo que fue aquella noche cuando escuché lo terrible de su voz en casa de Aldo; convertida en alguien que no era, poseída por la decisión inapelable de colocar un tránsito solitario e inexplicable entre la vida de ambos, contra el paso de los hitos marcados a promesas; acallando los acordes que pretendían construir, eterna, una canción compartida, se me preguntaba indolentemente: «¿Acaso no puedes estar solo? ¿Es que todo tiene que ser para la relación?» Como conclusión de solicitarme ese tramo llamado... dos meses.
Ese día, algo se desmayó sobre un hoyo y fue cubierto por tierra. Y entre las incontables grietas que me dejó su voz esa noche, abriéndose paso, sobre todo, y dejando salir por mi boca el dolor cansado de gotearme tristezas, él —mi amigo, oyente quizá innecesario, irrepetiblemente estoico, de toda palabra confundida en la vaguedad de su sala de estar— oyó con tanta atención... que su oído me abrazó, y su abrazo sostuvo fuerte las quebradas columnas de mi corazón.
Esa noche, camino a casa, horas después de salir de la suya, empezaba a conocer la soledad. Y veía de indeterminado sepia el triste asfalto junto de la muerta acera. Lentos los pasos y ya estaba frente al vano de mi casa; eché una última mirada hacia atrás a la calle, antes de que el quejido de los goznes de la puerta principal me encerrara entre su óxido y su tiempo, y pasé, finalmente pasé, engullido por lo que debía llamar hogar. «Fue no querer entrar a otro mundo y tener que hacerlo». Arriba, en mi alcoba, luego de arrastrar las suelas peldaños... de los kilómetros de la escalera, vi fragmentos de una persona frente al espejo con unos ojos solitariamente perdidos y sin amor.
Fue cuando el delicado cuadro de una vida cayó al piso, dejando un reguero, en un sonido de íntimo estruendo, diseminado durante minutos y horas. Y no fue hasta que un concurso de poesía pusiera en orden el oscuro caos de esa impuesta soledad: accesos de tristeza, desesperada incomprensión, muda lágrima conociendo el ruido de tocar el, alguna vez, tan lejano suelo.
En esa habitación de enorme televisor y libreros llenos de coloridas historias, de ventana con vista a la pared y ventilador en el techo, en ese reducido espacio, tibio en invierno y sofocante en verano —ahora más cárcel que alcoba, aunque útil para el reposo de una vida que auscultaba el honesto pulso de su corazón— allí, acodado sobre la frazada —que arrastraba aún el invierno—, sentado sobre una pequeña banca a centímetros del suelo, con inopinado y seco golpe de agitación —a veces luna y a veces estrella—, se hizo del ordinario lugar... etéreo cautiverio de inspiración.
Mar y cielo, tierra y firmamento. Luna nueva, llena y menguante, ases del cielo con recuerdos... tiritando como luces halladas por miradas perdidas en lo alto de la líquida noche de mis ojos, que cedían a la claridad después de tanta lluvia.
Conocí entonces ese alado estado a que te lleva la tristeza cuando ancla en la mar de una vida. Ese estado cuando la melancolía nos ahoga en sensibilidad y vemos, con vulnerable pasión, el balance de los días, el rigor de los hechos, el pulso en derredor; cuando la tarde se nos asoma subiendo las escaleras y abre la puerta de nuestra alcoba... porque es lenta la vida en los ojos fatigados de mirar, ese estado de completa indefensión que purifica el dolor con la sal de las lágrimas; a ese, le llamé pobresía. A ese tiempo, que me domó en la callada habitación haciéndola bóveda de mis estrellas y mar de mi tempestad, y a Barranco, escenario del sismo de mis pasos perdidos en el tránsito de la noche lenta y triste.
La pobresía, la pobre poesía, la que surgió de las zanjas abiertas de cada pulso de mi amor, que, entre mis lágrimas, brotaba como antiguo chorrillo calmando el dolor de mi corazón.
Esa noche, camino a casa, horas después de salir de la suya, empezaba a conocer la soledad. Y veía de indeterminado sepia el triste asfalto junto de la muerta acera. Lentos los pasos y ya estaba frente al vano de mi casa; eché una última mirada hacia atrás a la calle, antes de que el quejido de los goznes de la puerta principal me encerrara entre su óxido y su tiempo, y pasé, finalmente pasé, engullido por lo que debía llamar hogar. «Fue no querer entrar a otro mundo y tener que hacerlo». Arriba, en mi alcoba, luego de arrastrar las suelas peldaños... de los kilómetros de la escalera, vi fragmentos de una persona frente al espejo con unos ojos solitariamente perdidos y sin amor.
Fue cuando el delicado cuadro de una vida cayó al piso, dejando un reguero, en un sonido de íntimo estruendo, diseminado durante minutos y horas. Y no fue hasta que un concurso de poesía pusiera en orden el oscuro caos de esa impuesta soledad: accesos de tristeza, desesperada incomprensión, muda lágrima conociendo el ruido de tocar el, alguna vez, tan lejano suelo.
En esa habitación de enorme televisor y libreros llenos de coloridas historias, de ventana con vista a la pared y ventilador en el techo, en ese reducido espacio, tibio en invierno y sofocante en verano —ahora más cárcel que alcoba, aunque útil para el reposo de una vida que auscultaba el honesto pulso de su corazón— allí, acodado sobre la frazada —que arrastraba aún el invierno—, sentado sobre una pequeña banca a centímetros del suelo, con inopinado y seco golpe de agitación —a veces luna y a veces estrella—, se hizo del ordinario lugar... etéreo cautiverio de inspiración.
Mar y cielo, tierra y firmamento. Luna nueva, llena y menguante, ases del cielo con recuerdos... tiritando como luces halladas por miradas perdidas en lo alto de la líquida noche de mis ojos, que cedían a la claridad después de tanta lluvia.
Conocí entonces ese alado estado a que te lleva la tristeza cuando ancla en la mar de una vida. Ese estado cuando la melancolía nos ahoga en sensibilidad y vemos, con vulnerable pasión, el balance de los días, el rigor de los hechos, el pulso en derredor; cuando la tarde se nos asoma subiendo las escaleras y abre la puerta de nuestra alcoba... porque es lenta la vida en los ojos fatigados de mirar, ese estado de completa indefensión que purifica el dolor con la sal de las lágrimas; a ese, le llamé pobresía. A ese tiempo, que me domó en la callada habitación haciéndola bóveda de mis estrellas y mar de mi tempestad, y a Barranco, escenario del sismo de mis pasos perdidos en el tránsito de la noche lenta y triste.
La pobresía, la pobre poesía, la que surgió de las zanjas abiertas de cada pulso de mi amor, que, entre mis lágrimas, brotaba como antiguo chorrillo calmando el dolor de mi corazón.


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