miércoles, 22 de abril de 2026

Inflexión

 



por arte,
por un duelo, un amor perdido, una ausencia,
por una promesa, una fecha especial
por un logro que brilla o una herida que no cierra,
por rebeldía adolescente, por capricho, por empezar sin saber

por identidad, por pertenencia, por devoción u homenaje,
por estética, por impulso, porque era parte del ritual,
por renacimiento, por supervivencia,
para marcar un antes y un después

por cerrar una puerta y abrir otra,
por compañía, por fe, porque fue un error hermoso
por el duelo transformado, por orgullo, desobediencia,

por el deseo de verse distinto, para no olvidar, por volver visible lo invisible,
porque como es… amo el espejo, porque era tiempo de empezar,

porque era parte de una canción, de un libro o película, por una persona,
por una ciudad o un viaje, por un nombre… su amada inicial,
por ese símbolo, animal o flor, por esa frase que sentencia, por una cicatriz,
por una promesa rota, o cumplida, por una etapa de la vida, por celebrar sobrevivir.

por miedo a que el tiempo borre, por domesticar el dolor,
porque en mí no es efímero, por darle forma al silencio y fijar lo que se escapa,
por esa costumbre de hablar con lo ausente,
para traducir en el cuerpo el idioma íntimo que creaste con alguien,
por ese alguien que no quiso quedarse

para hacerse mapa, no sentirse pasajero,
para recordar siempre ese motivo,
por dialogar con la muerte, y escribir donde nadie más puede leer,
hacer de la carne un archivo, por tener un lugar donde volver,
por cargar una verdad sin explicarla

para contradecir el olvido…

tú,
por qué




martes, 21 de abril de 2026

La mitad de su fuego





Sería ya el tercer ejemplo y sigo encontrando más. No el mío.

El primero fue de oídas. La luz era esquiva en el salón, difuminada. Y, aunque velada por esa condición tenue, de luz temblorosa, no pudo terminar de leer sus escritos. Descifré, sin embargo, algunas líneas entre los altibajos de su voz, que impedían llegue o se entendiera que... amó ver junto al suyo su cepillo de dientes; que la embargaba el calor cuando, luego de un largo beso, él repetía su nombre; o que hasta hoy lo encontraba constantemente en el espejo rectangular de su casa.

Quedé pensando en lo difícil que es decir lo que uno siente, que la sinceridad de la hoja de papel es una confesión a puerta cerrada, y que una confesión no admite la voz sino el silencio para su lectura. Fue oírla y sentir adentro su temblor.


«y siempre termino igual
escribiendo así en condicional
porque no sé aún lo que sientes»


El segundo fue el de una muchacha. Había leído ya mucho, líneas dispersas o enlazadas, ideas entretejidas en las capas de un motivo primero: el mar, las plantas, un antiguo convento. Esas lecturas dejaban impregnada la búsqueda férrea de la palabra precisa, y esa búsqueda usualmente transmite una belleza distinta, velada. La línea sugiere por conexión, por memoria, por la unión inesperada de un sustantivo y un adjetivo. Ella, sin embargo, escribía desbordada, desde el corazón: sin otra técnica que la sinceridad, sin más atuendo que lo que sentía. Y no pude evitar deslumbrarme ante esa franqueza al escribir:


«Vivo en un planeta extraño
donde solo habita un hombre

y todas las mañanas pienso en él
cuando me visto pienso en él
cuando respiro pienso en él»





Volví a sus líneas más de una vez, creo que medía el tamaño de lo que sintió. En una segunda lectura reparé en lo tal vez descarnado o melifluo de los fragmentos, pero quedaba desprovisto de ello por ese irremediable y honesto rubor, porque nada más franco que aceptar solamente decir lo que sientes, sin artificio:


«Un hombre
cualquier hombre
debe ser
árbol
ocaso
libro

pero solo un hombre
mi hombre
es bosque
verano
institución»


Esto que circuía desperdigado en textos anteriores, en libros de tapa dura y blanda, de todo tamaño y color, reposando entre ensimismadas o distraídas manos de lectores, lo sentí elevarse y perderse. Estaba sobre todo en ese libro y en el poema de los primeros escritos de Eielson, fue ver un ave que planea sobre el rosicler del poniente perderse.

Cuando hallé el tercero, me quedó encendido su modo de sentir, esa especie de concatenación, la posibilidad de interpretar en la voz un fuego perdido: una mujer acoge lo que otra sintió al rogar al último ser amado que le quedaba con vida huir de la batalla.

Extraído del canto VI de la Ilíada, este fuego, la breve intervención de Andrómaca rogando a Héctor eludir la guerra, dolorida por todo lo que había perdido, es en sí un acopio de emoción universal... que, la autora encendida en él —tantos sus análisis y revisiones— prolonga, ensancha y desata, tomando a la poesía para internarnos en el misterio de su fuego.



«Se cruza el tren y la liturgia apenas
conserva ya la forma de un paisaje.
Hay un empeño en decir: sigue huyendo.
Huye como los hombres. Ese empeño
existe y se parece a un cuerpo otrora
amado. Si fuera cierta tu piel,
ciertos tus ojos,
quieta yo me quedara y no existiera
anhelo clavado donde un puñal»


Y aquí otra vez, pero pálido el dolor y la aceptación porque todos sabemos como terminó Héctor.


«Regresar de la playa, ya de noche
y morder lo concreto y no otra cosa.
Es el itinerario que atraviesa
los órdenes antiguos de la sangre.
Pienso en aquella encina
junto a las puertas de Esceas. De nuevo
salgo ilesa del nudo de un recuerdo
y quiero descansar de la fortuna.
Segura de mí misma y de mis pasos
proclamo que hay amor dentro del sueño.
Es eso lo que elijo, lo sencillo:
la gloria que precede a los combates»


Luego de horas interpelando a quienes no veré quizá algún día, ojos tan solitarios que traducen miradas, una fogata de palabras y sensibilidad se queda conmigo. 

Sobre el frío que ventea al pie de la berma, de regreso, entre la normalidad de la ciudad, gris el cemento, tiendas que cierran y parejas que se aferran como cobijo ante la noche, atizo observando, con mi eterno piano en los audífonos de fondo, esta suerte de hoguera...

sucedáneo de algo que he perdido y encuentro siempre frente a mí, pero no conmigo. Tímido, frontal o eterno... tantos fuegos confundidos nacidos de algo que también di...

y no está conmigo... 

y es que solo puede quedar la calidez, un ardor inevitable y la pregunta: dónde, bajo qué piedra, cabe semejante amor. «Tan solo la mitad de lo que Andrómaca a Héctor», pienso. Si al menos hubieras tenido la mitad.








martes, 14 de abril de 2026

La playa



 

«Las olas tallan la ribera con ese repetido sonido en la brisa de mesurada destrucción y de breve preparación para el renacimiento; deshacen el ruido de la memoria, el hábito de comparar sin tregua lo que soy y lo que pudo ser, el esforzado cuidado de ser y de estar.  
La gente es una larga figura que juega a la dinámica de las olas, y yo, observo la escena con muda y quieta expectación porque descubro en ese repetido movimiento un compás que no mide minutos ni horas, sino una danza circular de lo que se desarma para volver a empezar. 
Veo sonrisas que sonrío, veo miradas que se encuentran y en el regocijo desordenado de jugar sin motivo de reír sin razón, una alegría dispersa parece alcanzarme y hacerme sonreír porque soy parte de esa figura, porque algo dentro de mí se ha disuelto, porque mi corazón —en la paz de contemplar— recuerda finalmente latir sin peso.»

                                                                                                              






A las dos p. m., 
el extremo sur de Lima muestra lucentes sus avenidas 
y, al otro lado, 
ese paisaje fragante de los restaurantes y sus comidas.
Atrás, sus aromas… el cielo está claro 
haces constantes han limpiado su densa grisura, 
y metálicos los colores ruedan por la larga vía 
con gente que busca llegar al sol. 
Nace el verde en el pausado horizonte; 
kilómetro a kilómetro, los árboles vienen y saludan con sus ramas.
La brisa aumenta y la sal se mezcla al inspirar 
el cielo y el mar adiestran color y ruido.
Celeste y azul es la mirada, 
la música callada 
y la palabra, 
soledad.



Sin título

Vivir en la costa tiene eso, el sol asoma tan pronto. 
Difumina el cielo de invierno al entrar el mediodía; 
la luz impacta el quehacer bajo las casas: 
música, murmullos, vehículos y aves 
parecen coincidir en un extraño y escalonado concierto de vida. 
Es lunes; un recuerdo vago me dice que es el día menos querido, 
porque todo debe reanudar. 
Pero el sol ha vuelto, amarillo entre las sombras 
—pienso en una sonrisa—; 
el día retorna a la canción que, al parecer, todos esperaban cantar.

lunes, 13 de abril de 2026

Sin título

—decir sin romper, 
romper sin dejar,
dejar sin perder,
perder y ganar—pienso

abunda algo que no es mío en mi mano, 
formando a trazos una escondida mirada
apuro el verso hundido en el vaso
lo bebo y pienso no quiero mirar

al caer la noche abro los ojos
y viendo el cielo mido la distancia
el mundo oculta los cuerpos de algún modo
y no comprende lo que cabe en las palabras

tan solo es eso

volver a casa guardando las estrellas, 
para leerlas 
en los sueños de la noche
un hilo tensa la trama y te despierta
y aunque no quieras verás su nombre

hay algo dado en ti —ganes o pierdas—
besar su boca, perder tu nombre.

martes, 31 de marzo de 2026

Ausencia



Ausencia, tu idioma es el silencio
con mis ojos nombras lo que observo
vacía la vereda, perdida la avenida
gente en blanco y negro

esa nada que garúas,
esa luz que cae a medias
a solas
es lo único que siento.

Ausencia, tu idioma es el invierno.
subes a la noche te haces luna
y me arrastras, muda a otro tiempo
sol de una sonrisa en primavera
en mi mano duermen todos los recuerdos

Ausencia
eras mujer a mi lado
hoy
el mar que rompe en mi centro.



Aunque










Bajo el sol seguí.
El aguacero no me detuvo.
Fui el aunque que caminó contra el viento.
Pero en mi habitación
sentado y solo, no supe a dónde huir
el día que la puerta se abrió
y miré a los ojos
a mis emociones.










domingo, 18 de enero de 2026

Cielo sur

     


  «Sin duda, en esta parte del mundo, la belleza del cielo está en enero».

     El estiramiento de la tarde, a esta distancia del sol, otorga insospechada belleza. Son las siete y debería decir «de la noche», pero es, en realidad, el lento final de otra tarde cerca al mar. El cielo es un alto lienzo, hondo e itinerante.

     Hacia la playa va la primera mirada al salir de casa buscando el final sobre la profunda explanada, donde rescato todavía gasas de lila entre blanquecinas formas de algodón, colmando en rebaño, como ondulaciones que pastan lentamente sobre el vasto cielo sur. 

     Y el sol, ausente pastor, deja, en la herrumbre del horizonte, el camino a donde irán luego de pacer sus últimas luces.

     «Camino mientras observo y observan sospechosa mi mirada.»

     —¿Qué ha de ver arriba atento si solo es el cielo? —entre dos dudan y parecen formular exageradas suposiciones.

     Arrobado, en la brevedad de estos finales minutos que dan paso a la noche, sigo la estela de fugaces colores, en callada gratitud, y estoy casi seguro de que los primeros hombres de este mundo inventaron la poesía al final de una tarde como esta, prendados, en su rendida manera de observar.





domingo, 11 de enero de 2026

Lo que arrastra la marea

 


     Si se llama espíritu o alma esto que se aparta del cuerpo una vez que cesamos, lo mismo que nos mueve apasionadamente a hacer y desfacer según las intangibles complexiones de cada cual, esto que nos ayuda a veces a ver mejor que los ojos, comprende también, sabiamente, lo que es el aroma del mar: su significado azul en la pausa de las vidas, el amistoso efecto del partir de las horas.

     Frente a la ribera pedregosa de la costa verde, sobre una línea animada por la vitalidad de la gente, una columna de nubes se levanta oscurecida abrazando el cielo de las siete, y otorga en las miradas la calma del añil rozado por los últimos rayos de un sol desfalleciente.

     La única diferencia con algún recuerdo removido por ese otro mar que es la memoria, es que esta vez no descifro, sino que puedo oír las olas porque ya no siento la imperiosa necesidad del refugio del piano en los audífonos.

     Anochece, y la vida brilla bajo estas farolas no encendidas: voces de amores discretos divagan, amistades perpetuando la cercana oscuridad de estas horas y alguna contemplación solitaria despertando al arte de observar.

     Esta brevedad que conmina, este viento que da forma al calmado cristal de la marea, encuentra en sedentes y viandantes una excusa para ser y permanecer.

     Una y otra vez va y vuelve la marea, incansable instrumento al ritmo de la brisa. Se recoge el mar arrastrando su espuma entre las piedras, con ellas se lleva la sal y las miradas atentas, socavando levemente la orilla ya quimera: las pisadas de la gente, el pasado de este mundo.



sábado, 10 de enero de 2026

Noche de lluvia

     



     En lo irremediable de su voz había palabras que siempre había repetido, pintándola de cuerpo entero: que todo estaba enraizado en una forma derivada del amor desde la fe; que, si no lo uno no lo otro; que, si no era así cómo entonces iba a ser el futuro juntos. 

     Él la oyó con algo que no supo si fue nostalgia o estrechez. En el rostro tenía huida la emoción, y llorar era, más que nada, síntoma de una mueca triste y yerma. Simplemente no podía llorar, aunque triste y, a lo más, sintió una caja hueca en el quejido de su corazón. 

     Cuando la oyó mejor, latía tan bajo que supuso que era la muerte anticipada de lo que él todavía se empeñaba en llamar amor. 

     Tuvo que tomar la palabra para darle vida a lo que sentía, dudoso de emplearse en vano una vez más, y el aire respirado y contenido volvía de su encierro saliéndole por la boca. Más de una vez dijo que sentía pena por ese tiempo ido, más de una vez sintió sin redimir ese vacío estanco en el pecho apretujándole el corazón y por la forma en que impregnaba el ambiente con el relieve de sus largas ideas se diría que quiso discutirle al destino y corregirle la sinrazón. Fue así de convencido que, alargando una voz educada por la nostalgia, conmovió incluso al que los hilos de todo maneja y, en un punto, ya casi enternecido por su nocturno esmero, provocó que se encendiera la yesca, no ya del suyo, sino de todo corazón.

      Ella sintió la pausa de sus largos párrafos, los modos sucesivos de emplear la palabra amor, y el itinerario calmo hacia una ribera que creía perdida se le abrió de palmo a palmo entre la liquidez contenida de sus ojos. Y fue oyendo que pudo entender que los finales y los comienzos de todo lo oído semejaban no sus razones sino sus latidos, que no era ella detrás del móvil, era su corazón el atento oyente de todo cuanto se decía. 

     Fue entonces que le confesó sus signos y sus miedos, le arrodilló la voz atrapada y terca retenida en su interior, le mostró la mecha aún encendida de un olvidado «te quiero», le abrió de par en par su azorado corazón. 

     En la noche sin luna al bochorno del silencio, de los que, por no saber qué más ya decirse se quieren sin voz, por alegría o por tristeza, brotó la lluvia en el cielo tocando el techo de ambas casas en dos ciudades lejanas unidas por un mismo amor. 





viernes, 21 de noviembre de 2025

Soledades - VII




"Almost me
Almost you
Almost blue"
Elvis Costello


se me ha roto la mirada buscando en el cielo,
y no he conseguido encontrar 
todavía.

rodilla con rodilla mirando hacia arriba,
creí ver el tiempo piadoso sonreír;
cuando las flores parecen abrir el firmamento,
el estruendo del comienzo: la vida amarilla.

pero un día 
al mirar desmadejado su cuerpo, 
la conciencia borrosa —no pude prever—
sus labios habían perdido todas las palabras

y conocí lo que habita cuando no está el azul.

quedó la palabra buscando cuaderno,
nítida 
el alma después de tanta lluvia,
para dejarme calado cortando el crepúsculo.    

no volví a contemplar los ojos de la tarde; 
perdido en el rojo 
por creer que eras tú.

se me ha roto la mirada buscando en silencio
y solo he podido encontrar casi azul.





domingo, 26 de octubre de 2025

Dar




Inocente escuchaba
madre decía: «El amor más caro es el que entrega una parte por quien lo ama».

Y sangré
como sol al caer la tarde
y ofrecí de mis sueños sus colores
pero por más que tiñe el negro no cambia.

Oh madre
una parte he perdido
te equivocabas.




domingo, 19 de octubre de 2025

Soledades - Frente al mar




Miraba el mar desde la larga costanera, 
hasta donde se pierden las últimas luces, 
acodado en la baranda. 
Metros abajo, 
sobre las rocas empotradas en la orilla, 
amigos y parejas celebraban o conversaban; 
su música variopinta se oía y se apagaba con el final de cada ola. 
Vi niñas que jugaban a que el agua las atrapa, 
y a alguna persona en aparente monólogo que, 
enfocando con su móvil 
—entre risas— 
lo que veía, narraba.    

He estado aquí tantas veces. 
He sido todo lo que miro.



viernes, 17 de octubre de 2025

Palabra o silencio







Hay cosas que suceden sin remedio, hagas lo que hagas.

Eliges silencio  
—¡pero pudiste hablar! piensas 
créeme, sería lo mismo.
Una objeción nace y no cesa por no otorgar palabras; 
dadas, seguramente, hoy renegaría su fracaso.

—¿Qué di? ¿A quién lo di? —pienso en el pasado.

Es un sueño, una ficción. 
No es broma. Lo que viviste fue real... 
para ti, pero no para la otra persona; 
y eso basta: ya es ficción.

Por eso —palabra o silencio— nada va a cambiar.




domingo, 12 de octubre de 2025

Un gran cristal


Horas hermosas las de la memoria.
En la memoria;
aquí solo arden, desandan.
Todo camino lleva los pasos contados por huellas inevitables.
Evocadas, bellas —bien pensadas, amargas.

Adentro, una dulce mirada trenza el centro de la noche
mientras recuesta su mejilla.
Voces encantan la glorieta;
nadie se esfuerza al acercarse,
más que acercarse, nos unen;
el júbilo estalla.

Y afuera, a donde siempre vuelvo
su reverso, 
o simplemente el silencio;
la nocturna palabra que da nombre a la nada.
Un mismo fuego me abriga y deflagra.

La mente es un niño que corre sin miedo a caer,
y cómo anima el corazón este juego.

Porque no soy yo, yo miro y existo.

En esta estación de grises recorro lugares que reavivan los colores;
donde el frío de la noche borra los bordes en lo alto de antiguas casas,
remiendo su arquitectura, 
en el segundo piso de la ciudad, en la blanda hondura del cielo, 
en las sonrisas.
Un semáforo en rojo detiene a la gente y el tiempo,
y en el reflejo de un gran cristal,
yo que todo lo observo,
alguien sonriendo acompaña la soledad de mi costado

una forma del amor me sostiene la mirada

y cuando el verde llega y la gente avanza,
detenido aún,
algo de mí busca un taxi, porque se ha ido
camino de un lugar que conozco
y debería olvidar.









viernes, 10 de octubre de 2025

Yo, mí, me, conmigo - Círculos





Siempre que vuelvas a pensarlo
y sientas que algo no está bien,
recuerda: no es tu culpa volver a pensarlo.
Sucede. Volverá a suceder.

Solo no olvides que alguien
ya no quiso más;
que, mirando bien,
no quiso estar ahí.
Y eso no es tu culpa.

Es como regalar una entrada
para un concierto de The Beatles:
la persona va, pero sale pronto.
Ya afuera confiesa:
—Sí, el concierto estuvo bien,
pero sabes... los baños apestan.
Apestan, sabes. ¡Apestan!

No fue la música,
ni la voz, ni todas las letras.
El baño era importante para aquel.

Así hay personas. Solo recuerda,
cuando te toque una entrada,
quiero saber, si me cuentas:
qué fue lo más importante para ti.



jueves, 9 de octubre de 2025

Cartas a quien





Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga el poemario «Lágrimas de Cuenca».

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»












domingo, 5 de octubre de 2025

Oníricas - Sognare



Como la poesía, los sueños son el idioma arrumbado para lo no asido.
La manera simbólica de decir lo que sientes, 
que reescribe —liberándote— la estricta norma de lo real.
Isla libre y soberana, 
viaje sin aviso, permisos ni trabas,
donde a veces uno, sin más, desea quedarse.

Hoy soñé
Hoy he sido
Hoy he ido
Hoy




viernes, 3 de octubre de 2025

Oníricas - I





Llevo a mi abuela serenamente por la vereda, 
con esa calma que solo saben dar los hábitos. 
No sabía que me miraba.

Tropiezo. Me detengo un momento y ato las agujetas de mis tenis.
De pronto, se arroja al pavimento, como esperando que un vehículo la arrolle.

El coche frena.

Vuelvo a mí; la incorporo con cuidado.
Sollozante me mira, con la boca entreabierta y los ojos oscuramente absortos.

     —Hago daño —me dice, triste—. Ya es mucho tiempo que sigo aquí.

Despierto.

Ciertamente mi abuela nunca quiso irse de nosotros; vivió feliz.
Pero mis recuerdos están cansados de verme sufrir y buscan suicidarse.