Puedo
recordarme subiendo el volumen al oír una de sus canciones en la cocina de esa
casa, en el cuarto piso, mientras lavaba los platos luego de un delicioso
almuerzo; o en mi habitación rentada por esas fechas con los parlantes rojo y
negro vibrando sobre el viejo piso de madera al mismo tiempo que la letra de la
canción me hacía quemar la garganta por entonarla tan fuerte... y hasta cuando
tomé una en especial —que hoy ya no me gusta escuchar, pues me trae vanos
recuerdos: Me fui de vacaciones— porque en ese momento
representaba toda mi alegría contenida detonando su woofer en
mi corazón, que era el latido rítmico que necesitaba para hacer de un
romántico reel algo tan personal y especial.
Casi un año y medio atrás de esos tiempos, casi a dos de estas fechas, tuve una postura distinta y opuesta a la actual, denostaba y califiqué al tal, recuerdo bien, como "ese reggaetonero de la mandíbula anestesiada", y echaba por la borda toda su música porque la advertí cargada de hez en la mayoría de sus letras. No había caído en cuenta del brillo escondido que guardaba... hasta que constantes voces me repitieron «D****, todas las canciones de su disco son buenas», o quizá, el más convincente: «primo, es que tienes que leer la letra». Y si tenía letra, algo instantáneamente sorprendente podría ocurrir. Y ocurrió... justo después de oír ese disco. Y mi vida notó ese ritmo, y adoptó como suyo el frenesí de su alegría, frescamente caribeña, salpicada de fogonazos de plástica poesía.
Es cierto que estos ritmos, los del reggaetón, desbordan sexualidad, grosería y liviano cliché entre sus letras. Es verdad también, que la democracia es la forma de gobierno de muchos países, y que, aprobada en casi todos, nos sumerge bajo sus formas, en cosas tales como... reconocer, que escoge la mayoría cuando se decide a qué restorán vas. Y que, la música sus letras y canciones, dirigidas por los pulgares arriba, tienen exactamente lo que piden las mayorías, lo que la democracia de su juventud exige, lo que su exigente público entiende vibrante o actual.
No quiero convencerte de que escuches este disco, pero, sin tu escucha o con ella, créeme, al menos para mí, a nueve de todas las canciones de este álbum les circula letra y ritmo de la vieja fórmula con que se creó la salsa mezclada al contemporáneo reggaetón, con títulos que se funden reclamando con nostalgia por alguien, por algún lugar, por el rescoldo pertinaz que pervive en alguna gente.
Con frases de antología como «La vida es una fiesta que un día termina, y fuiste tú mi baile inolvidable» o «En mi vida fuiste turista, tú solo viste lo mejor de mí y no lo que yo sufría...», esa mezcladora musical y de sentida poética de lo que respiramos en estos tiempos, el Conejo Malo, lo hace de nuevo en este disco. Y como leí una vez, pone el alma como sello a su obra: Alegre, poética, crítica e impregnada de nostalgia.
Algunas personas llevadas por el ostracismo cultural que supone la creencia que tienen o que han fijado tener, son privados voluntaria o involuntariamente de la experiencia de ver, de oír, de sentir. Para ti que has mandado cerrar la puerta antes que conozcas la visita, o que haces puchero al plato antes siquiera que sientas su aroma sobre la mesa, o peor, que renuncias por atávica creencia o respetuosa convicción, recuerda que "el arte es una experiencia que todos debemos vivir" y nada se califica sin tomarle antes respetuosa atención.
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¡'chacho deja eso!
Bis o la señora Bis, que bien la recuerdo, me deja eterna la frase, que repetía con un canto que reconocí inmediatamente en el short film, cuando me pedía que no exagere con algo que hacía, como velar por la limpieza de su cocina. Luego de terminar el almuerzo, solo minutos después, ella me compartía de su pequeña y negra cafetera un shot de Minerva en una tacita blanca que no se podía sino asir delicadamente con el índice y el pulgar, para que a sorbos me coloreara la tarde con su particular aroma y sabor. Es, entiendo, para los habitantes de una parte de este mundo costumbre enraizada, cosa consabida... para mí, en cambio, la casualidad de haber llegado a una casa de personas que nacieron en una isla como la de Puerto Rico y que me incrusta el parecido de las culturas de estos países insulares del caribe y me hacen tan afín a ellos, de solo apreciar una imagen como esta.
Casi un año y medio atrás de esos tiempos, casi a dos de estas fechas, tuve una postura distinta y opuesta a la actual, denostaba y califiqué al tal, recuerdo bien, como "ese reggaetonero de la mandíbula anestesiada", y echaba por la borda toda su música porque la advertí cargada de hez en la mayoría de sus letras. No había caído en cuenta del brillo escondido que guardaba... hasta que constantes voces me repitieron «D****, todas las canciones de su disco son buenas», o quizá, el más convincente: «primo, es que tienes que leer la letra». Y si tenía letra, algo instantáneamente sorprendente podría ocurrir. Y ocurrió... justo después de oír ese disco. Y mi vida notó ese ritmo, y adoptó como suyo el frenesí de su alegría, frescamente caribeña, salpicada de fogonazos de plástica poesía.
Es cierto que estos ritmos, los del reggaetón, desbordan sexualidad, grosería y liviano cliché entre sus letras. Es verdad también, que la democracia es la forma de gobierno de muchos países, y que, aprobada en casi todos, nos sumerge bajo sus formas, en cosas tales como... reconocer, que escoge la mayoría cuando se decide a qué restorán vas. Y que, la música sus letras y canciones, dirigidas por los pulgares arriba, tienen exactamente lo que piden las mayorías, lo que la democracia de su juventud exige, lo que su exigente público entiende vibrante o actual.
No quiero convencerte de que escuches este disco, pero, sin tu escucha o con ella, créeme, al menos para mí, a nueve de todas las canciones de este álbum les circula letra y ritmo de la vieja fórmula con que se creó la salsa mezclada al contemporáneo reggaetón, con títulos que se funden reclamando con nostalgia por alguien, por algún lugar, por el rescoldo pertinaz que pervive en alguna gente.
Con frases de antología como «La vida es una fiesta que un día termina, y fuiste tú mi baile inolvidable» o «En mi vida fuiste turista, tú solo viste lo mejor de mí y no lo que yo sufría...», esa mezcladora musical y de sentida poética de lo que respiramos en estos tiempos, el Conejo Malo, lo hace de nuevo en este disco. Y como leí una vez, pone el alma como sello a su obra: Alegre, poética, crítica e impregnada de nostalgia.
Algunas personas llevadas por el ostracismo cultural que supone la creencia que tienen o que han fijado tener, son privados voluntaria o involuntariamente de la experiencia de ver, de oír, de sentir. Para ti que has mandado cerrar la puerta antes que conozcas la visita, o que haces puchero al plato antes siquiera que sientas su aroma sobre la mesa, o peor, que renuncias por atávica creencia o respetuosa convicción, recuerda que "el arte es una experiencia que todos debemos vivir" y nada se califica sin tomarle antes respetuosa atención.
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¡'chacho deja eso!
Bis o la señora Bis, que bien la recuerdo, me deja eterna la frase, que repetía con un canto que reconocí inmediatamente en el short film, cuando me pedía que no exagere con algo que hacía, como velar por la limpieza de su cocina. Luego de terminar el almuerzo, solo minutos después, ella me compartía de su pequeña y negra cafetera un shot de Minerva en una tacita blanca que no se podía sino asir delicadamente con el índice y el pulgar, para que a sorbos me coloreara la tarde con su particular aroma y sabor. Es, entiendo, para los habitantes de una parte de este mundo costumbre enraizada, cosa consabida... para mí, en cambio, la casualidad de haber llegado a una casa de personas que nacieron en una isla como la de Puerto Rico y que me incrusta el parecido de las culturas de estos países insulares del caribe y me hacen tan afín a ellos, de solo apreciar una imagen como esta.
Este corto video que sentencia con el título Debí Tirar Más Fotos,
expresa además de una crítica a un país que ha perdido en parte su idioma por
adoptar uno nuevo, o el grito descollante por la permanencia de la raíz de su
cultura musical y popular sobre lo contemporáneo, una forma de vivir, amar y
ser Carpe diem, que queda subrayado en diálogos como este:
- Debí tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude... Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.
Aunado a una percusión tan africana, tan boricua, tan isleña, que repite el coro de la penúltima canción de la lista, que es la que da a luz, potente y enérgica, la vida de su disco.
He conocido la salsa y el amor a estos sonidos que antes fueron guaracha o
bolero, son cubano, o bomba y plena, en las fiestas de mi familia en los años
noventa, gracias a un tío cuyo padre fue pescador, y que fue quien puso norte
musical a estas veladas traspasadas de alegría y baile, salvadas del tiempo hoy
en gastada fotografía. Los que para mí fueron Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Pete
«El Conde», Benny Moré o Santos Colón y un largo y soberano
etcétera... dieron el molde a la cultura musical de mi oído. Y en las
improvisaciones cantadas a coro y cuatro que recuerdo, la alegría de saber que
mi guitarra, instrumento similar por ser de cuerda, también servía para esa
explosión de júbilo que romántico o expansivo podía tocar, era vida, o «pura
vida» como se dice en Costa Rica.
A este tenor, el cuatro y su espiral de delicada nota es cúspide sentimental en la canción Turista, que sacude de emoción setentera con su introducción de sabio punteo, cuya letra, ya en su primera línea anticipa que más que canción oirás poesía. Es, quizá la parte más romántica, y traduce en el disco...
... junto a Pitorro de Coco, que dispone la alegría de cantar el triste coro de su letra, envuelto entre el bajo, la conga y el cuatro componiendo enérgico lamento contra la pasmada quietud de quienes no se levantan de su sitio para bailar...
- Debí tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude... Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.
Aunado a una percusión tan africana, tan boricua, tan isleña, que repite el coro de la penúltima canción de la lista, que es la que da a luz, potente y enérgica, la vida de su disco.
A este tenor, el cuatro y su espiral de delicada nota es cúspide sentimental en la canción Turista, que sacude de emoción setentera con su introducción de sabio punteo, cuya letra, ya en su primera línea anticipa que más que canción oirás poesía. Es, quizá la parte más romántica, y traduce en el disco...
... junto a Pitorro de Coco, que dispone la alegría de cantar el triste coro de su letra, envuelto entre el bajo, la conga y el cuatro componiendo enérgico lamento contra la pasmada quietud de quienes no se levantan de su sitio para bailar...
...y a Bokete, que con liviano inicio musical, casi etéreo, camina o desanda a fraseos, los íntimos pasos de rutas que cada uno conoce muy bien y que dejan la nostalgia en desencadenado recreo al detonante gatillo del play para repetir cantando, rasgando quien sabe si solo la garganta, una y otra vez su coro y estrofa.
Alguna vez escribí acerca de una muchacha de Cuba, quien habiendo salido del lugar donde había nacido, no sabía ya cuál era el país donde sería más feliz en este mundo... y que todavía estaba risueña en su interrogante, cuando ese sentimiento por haber partido del lugar que le vio nacer mientras mencionaba su familia repartida en tantos sitios del orbe, y pensando en la bella composición de la tierra blanca de sus playas cubierta de transparente agua de mar, le cambió el tono de la sonriente voz por el de una sentida y naciente nostalgia.
Para los que, mientras andan o trabajan, sienten volver el espíritu a esas playas constantemente... y sueñan con ir a ver esas tardes de amatista del lugar donde nacieron, aunque sea unos días, porque lo recuerdan y sienten que hay algo en sus genes que posee el color de esa tierra, el clima de ese lugar, la sonrisa de esa gente que vive ahí con la alegría amaneciendo bajo ese cielo que contempla su mar... más allá de toda precariedad, para ellos... va esta canción. Y mezclado en la solución simultánea de su letra, para quienes tuvieron un paraíso con alguien y lo han perdido, al que solo pueden volver recordando, también va. Y lección para la siguiente: Debes tirar más fotos, muchas más. DtMF.
Aquí, un himno para pintar los días de tu verano, de tu vida, de tu estación.
Sentado en el pupitre de mi alcoba repitiendo como autómata en Spotify la misma canción, pienso en las muchas personas que confiesan, comentan o divulgan... qué les dejó el disco Bad Bunny (BB). Algunos dicen: «Cuando BB saca un disco me va bien, ya estaba esperando que salga», otro he leído: «Le faltaba alegría a mi vida, que venga el disco». Por mi parte, no hubo una etapa en la que sonreí más sino hasta cuando salió el disco anterior, plagado de frescura y sensación de playa... coincidencia o no, ahora, oyendo este, y pensando en la famosa ley de la conservación de la energía que reza que esta "no se crea ni se destruye, sino que solo se transforma", siento que cosas buenas están por venir.
«- Quisiera haber tirado más fotos, para enseñarte. Las fotos son momentos vividos, recuerdos de cosas que pasaron. Yo no era de estar tirando fotos por ahí, Ni estar subiendo stories, ni nada de eso. Yo decía que era mejor vivir el momento. Pero, cuando llegas a esta edad recordar no es tan fácil...
- Bueno, entonces, ¿vamo' a seguir viendo más fotos?
- ¡Ya te dije que no tengo tantas! Yo te voy a enseñar las que tengo. Y voy a tratar de recordar... las que no tiré. ¿OK?»
«Porque la vida... no es como la vives, sino como la recuerdas», así leí de Gabo. También, entonces, vale la pena conservar para el futuro algunas cosas importantes. Vivir y documentar van de la mano.
Gracias por llegar al final, gracias por la atención.
Y ya sabes:
«Debí tirar más fotos. Haber vivido más, Debí haber amado más... Cuando pude... Mientras uno está vivo... uno debe amar lo más que pueda.»

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