Con qué convicción dijo quédate, no podía negarme. Había gastado tantas horas esperando ese día que sentía el entusiasmo por mi, y con sus ojitos siempre alegres cuidaba que al menos hasta donde podía, todo saliera mejor. No te vas a arrepentir, será lo mejor, todos son de tu edad, y con su tierna bendición de madre angelical me dejó en la acera que estaba cerca de la entrada. Cargaba con una maleta llena de equipaje, mucho cansancio, un buzo holgado, y una sensación de frescura por el ventar de la noche. Al frente, un portón grande con una puerta en medio se abrió segundos después, y con más júbilo que orden se acercaron dos muchachos de aspecto juvenil pero extraño, un tanto despreocupado, aunque un aura acogedora hacia notar que tenían el espíritu en su sitio. Uno, tenía el peinado destruido. Surcaba sus dedos restregando su cabello mientras completaba el formulario con cada pregunta: ¿Nombre? ¿apellido? ¿edad? ¿dónde vives? ¿número de celular? ¿trabajas? El otro observaba con una tiesa sonrisa, paseando su mirada entre el formulario, mi maleta, y en fin algo que habría extraviado -es probable- en la obscuridad de la noche. Terminó con su última pregunta: ¿qué esperas del retiro? Nunca espero, sólo sé que va a suceder y en el mejor de los casos sólo espero darme cuenta, respondí.
Bien hermano, y señaló un salón donde se encontraban todos los que pasarían esos tres días. Ya en la puerta, repasé contando una a una cada cabeza, catorce murmuré. Me detuve y tomé asiento. Noté. A la izquierda, como en una fiesta de quince años todas las chicas y a la derecha todos los chicos. Pero qué clase de cuadro es éste, sólo había visto uno así a mis dieciséis. Chicos a un lado, chicas al otro. ¡Qué ridículo! Y así se veía. Pero no era ridículo, porque el salón al que había entrado y en el que, desde cada uno de sus asientos me habían puesto al menos una mirada se encontraban chicos de entre quince a dieciséis años y quizá alguno de veintidós. Mi gana como un edificio con los cimientos bien minados cedió al desánimo de verme desubicado en ese inopinado contraste, donde mi edad más unos años doblaba a la de la mayoría. Un enfado subcutáneo empezó a recorrer en silencio y a calentar mi frescura, y con la mirada pegada al techo, pensé: Y ahora qué voy a hacer estos tres días.
A la mañana siguiente diría que hay mucho por hacer en el trabajo y tendría en consecuencia mi primera retirada de un retiro, pensé. Sólo esperaba la mañana, aplacar la voz de mi conciencia y que los cinco chicos cerca de la esquina derecha dejaran de hacer esos ruidos extraños.
La noche, un concierto gutural, jugaba con broncos sonidos que iban y venían desde muy lejos hasta lo más cerca del oído. Sólo aplastando la almohada contra el rostro pudo el cansancio hacer otro caído y durmió el desgano, la duda, la poca fe, el cariño, el pensamiento, la preñez, todo en el mismo individuo y ni siquiera algún sueño loco logro abatirlo porque también durmió consigo (...)
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