lunes, 17 de agosto de 2026

Cartas a quien, I

 





Recordó aquella conversación, envuelto en tristes pensamientos, mientras caminaba con su padre, porque la única manera que conocía para dejar todo atrás era andar y, en su interminable andadura, dibujaba con la luz de sus ojos, demacrado, el aspecto de la ciudad. Fue entonces cuando su padre insistió, como interrumpiendo al viento, único hablante traído por la costa.

—Entonces, cuéntame, hijo. Yo te escucho.

Y observando y andando, con la mirada fija en las grietas de la acera, empezó a contar:

—Ayer conversábamos dos amigos y yo en la casa de uno de ellos, y de lo mucho que dijimos, recuerdo esto:

—¿Qué es el amor? —lancé.

—¿El amor? —interrumpió convencida mi amiga, la pesimista, con cierto desprecio en el rostro—. El amor no existe: aparece y desaparece, y solo queda un momento.

—Hum… claro. Pero ese momento lo hace valer, ¿no crees?

—¡Nooo! —exclamó—. Ese poco que vives no es amor; es ilusión —replicó.

—A ver, chicos, ¡tranquilos, tranquilos, por favor! —dijo el tercero—. Una pareja vive frente a mi casa desde hace años. Él está en sus cincuenta; ella… quizá también, pero el tiempo la ha afectado más: no ve bien y no parece ya de su edad. Él permanece con ella, aun cuando podría dejarla. Eso, para mí, es amor.

—¡No ves bien! —renegó la pesimista de nuevo—. No la deja por pena. ¡Eso no es amor!

Entonces, no pude evitarlo, y levanté la voz:

—¿No ves que el tiempo da un valor invisible a la persona con quien lo compartes? y, como sabía que ambos se conocían ya más de veinte años, agregué—: si tu amigo de tantos años muriera, con él se irían todos esos recuerdos que con nadie más has compartido: risas que, en silencio, nadie más podría comprender… quedarían impares, solitariamente incomprendidas.

Ella me miraba, pero murmuraba; no guardaba silencio.

—Cuando compartes tiempo con alguien en una relación, construyes algo que nadie, más allá de los dos, puede poseer… ¡recuerdos!: hechos de sonrisas, de lágrimas… de tiempo. Ese valor no lo tiene la persona que conociste ayer, aunque… su mirada fuera encantadora. Eso invisible que otorga el tiempo solo lo reconoce quien está enamorado, el que elige un amor compañero.

Entonces volvió la mirada hacia él, como esperando que terminara.

Hace poco tiempo una persona que yo creía sabia, me dijo, replicándome una frase que cité para hablar del amor: «En amor, solo el principio es maravilloso. Por eso encontramos tanto placer en volver a enamorarnos otra vez». Como protestando, quizá, fastidiada por aquello…

Y ladeó su mirada como retomando algo de atención.

Me dijo convencida: «El amor es una elección». Ella hablaba del amor que no se rinde a la emoción del abrazo reciente, de la caricia que es nueva, del emocionante beso de la novedad; ese que entiende de luz y de sombra; que sabe que existe un territorio de aciertos e imperfecciones en quien te acompaña; que acepta grata abundancia y humana precariedad. Ese que elige y discierne dónde alumbrar en medio de nuestra humanidad… ese amor. El que perdura después de haber consumido todo el narcótico tiempo que transcurre en un abrir y cerrar de ojos.

Y ya me estaba observando atentamente cuando encontró en mi mirada que yo repasaba mis recuerdos. «Aunque ella nunca consideró al tiempo al decir esa frase, y tarde lo preví», me dije.

—Te entiendo —dijo mirándome el tercero, que se detuvo a pensar en silencio, como abrigando una idea, y luego, cerca de mi amiga, envueltos en algo que no escuchaba, parecían llenarse un vaso que estaba medio vacío a golpe de palabras, mientras yo recordaba con la mirada.

Cuando hablaba así, con su padre, que de buen talante le acompañaba a caminar —incluso con sus rodillas gastadas, su cansancio añoso y su frío de hambre—, el duro padre de humano corazón le dijo luego de oír todo lo anterior:

—Hijo, el amor es uno para unos y otro para otros —dijo, acomodando el paso—.  No todos sienten igual ni se enamoran de la misma manera. El amor es lo que has dicho y, muchas veces, adopta otras formas. No pienses que el amor es solo una elección, como te dijo esa muchacha; recuerda que incluso las elecciones cambian.

Y se detuvo, quizá por descansar; mirando la playa, su cuerpo algo  arqueado, pero orientado hacia la llanura, preguntó si sentía el frescor de la brisa. Entonces le dijo:

—La elección debe ser constante. Elegir algo de manera invariable contra viento y marea no será ni parecido a elegirlo únicamente en los días que la brisa refresca —y sonrió—.

»En el transcurso de la vida muchas cosas es el amor... incluso, para una misma persona: no existe; es una elección, una constante elección o un narcótico tiempo que, a veces, no queremos dejar... para luego abandonarlo bruscamente; algo que motiva y, quién sabe qué más... qué más en cada cual.

Acomodó su peso sobre el hombro del muchacho, apoyando su palma, y le dijo después de un momento:

—La pregunta no es qué es el amor. La pregunta es... ¿qué es el amor para ti? Todos tienen una respuesta. Quien no, no puede darlo, porque nadie da lo que no comprende. Y, con cada respuesta, espera una forma de amor diferente.

»¿Recuerdas qué me dijiste un día, —y buscaba sus ojos— al ver repetidamente esa frase en tu computador?: «El poder de destruir y no usarlo en su contra»…? —Y se volvió a la playa al no encontrarlos—. El tiempo todo devora, incluso las oraciones más bonitas, las que llevan las más limpias promesas. ¿Sabes qué es el amor para mí, hijo, cuando hablamos de parejas, de alguien a quien deseas amar? «Planear un futuro con esa persona, mirarse mutuamente y luchar porque se haga realidad, día tras día».

Cuando el padre terminó de hablar, él sonrió con un escondido brillo en la mirada —quizá por no tener el abrazo de una cálida respuesta—, pero la luz de su entendimiento ante estas palabras aclaró la bruma de sus pensamientos, como antes el viejo Séneca hiciera con el joven Lucilio.









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