Un dolor me acude constantemente a la espalda,
es la bocanada de humo que influye* sentido en mi tiempo de soledad.
El frío se afirma al llegar la medianoche. Una
garúa inofensiva reviste sus chispas de soberana impostura ahora que ha
descendido la temperatura, y la gente... simplemente ya no sale de casa, porque
coincide en no entender qué hace el frío aquí si la estación es primavera.
Cuando estaba allá, en Cuenca, y era noviembre, la lluvia era tanta que era
impertinente salir a la calle a pasear; pese a ello, me recuerdo salir, incluso
después de medianoche para volver a mi alquiler. Húmedas las calles, empapadas,
revestidas de una película brillante por la fuerte luz de las farolas, caminaba
acera por acera mientras el ruido de los semáforos, ese insistente aviso para invidentes,
me acompañaba hasta mi puerta. Llevaba conmigo una mochila, su beso de
despedida, y una sostenida sonrisa al pensar que mañana era otro día que
esperaba con ansias.
«¿Cuál es la más grande locura que hiciste por
amor?», reza una pregunta en algún post vagabundo de la inmensa red social:
«...esperar», culmina respondiendo.
Las esperas son quizá algo ineludible en el
paso de los días. Esperas... porque tu esfuerzo construya una sonrisa, que
piedra a piedra forme la arquitectura de una realidad antes soñada. Un trabajo,
un deseo, una ilusión.
A lo largo de los días, durante esos dos meses,
el calendario hacía una comedia, cuando no una ironía, al pensar qué pasaría,
qué pasaría mañana, qué pasaría si espero otro día.
Creo que tenía once años cuando veía a mi tío
de pie cerca del vano de la casa con una pierna flexionada sobre una piedra
enorme, fumando un cigarrillo tras otro; que pase, le decía, que hacía frío,
que deje de fumar. Mis ojos inexpertos no entendían qué hacía una persona en
horas de la noche indiferente al frío de la intemperie, quieto como una estatua
pensativa.
Mucho tiempo después me contó que, cuando se
fue a Italia y, solo después de rebotar entre variadas cuestiones de la vida,
tuvo noches incluso más solitarias. Hasta que retomó sendero, luego de tanto
esperar.
La soledad se afirma como el frío en la garúa y
aquieta la mirada que estudia el pensamiento en el silencio de los días. He
tenido clases enteras con mi muda compañera, absorbiendo el paso de las horas,
comprendiendo el ritmo de la vida.
«Es triste ver el cielo así,
cayendo poco a poco me parece,
que no pudiéndome decir,
resuelve hacer de gotas preces».
Me apagaba y me encendía... sentado entre la
multitud de la gente acompañada, observando la vida fluir de colores, tan
sonora y risueña que no sabía qué hacía ahí.
A quién le debo esas horas que esperé en
silencio, sin sonrisa. ¿A mí? A mi necedad innecesaria. ¿A ti? Que nunca
apareciste en el plazo de ese tiempo.
Días después, como una falla en el presagio del
clima, apareces, breve e irresoluta, sin la fuerza convencida que expresa el
mar para alcanzar la orilla.
¿A quién escribía, cuando mi letra no tenía
destino, y empezaba la batalla sin ver a la cara a mi rival?
Cegado de locura, en la Segunda Guerra Mundial,
Hitler obligaba a que sus soldados mantuvieran posición ante el desalmado
invierno ruso: ¡que esperen, que los refuerzos llegarían! Ateridos, congelados,
glacialmente derrotados, enfermos de disentería, con hambre y sin pertrecho,
miles morían por la fe ciega en la promesa de esperar. Te he esperado tanto
tiempo frente al invierno de mi soledad, cargando duda, silencio y tristes
descubrimientos, y solo has dicho palabras privadas de convicción, amor y denuedo.
¿A quién he escrito con esta tinta nacida de mi
muda tristeza de esperar? ¿A quién guardé mi promesa esa noche en la alcoba,
cuando el candor sostenía: «Quiero que cuides mi corazón»?
Lector, tú que acudes a la función de mi
desnudez, que observas en palabras la dentrura de mi vida; si no hubo, ni hay a
quien yo escriba esta confesión, no hay razón alguna para que siga.
*Licencia poética en la
sintaxis.
Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.
1 comentario:
Es hermoso sinceramente 🩶
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