viernes, 8 de noviembre de 2024

Cartas a quien, A quién




«Tristeza, dulce pedazo de mí,
en el camino me encuentras,
en la dama solitaria que fuma,
en la pareja que ilusionada besa;
¿a dónde voy para huir de ti
si todo al verlo me atraviesa?
Dibujas mi pasado con tanta ternura,
que renaces de la voluta primera».


Un dolor me acude constantemente a la espalda, es la bocanada de humo que influye* sentido en mi tiempo de soledad.

El frío se afirma al llegar la medianoche. Una garúa inofensiva reviste sus chispas de soberana impostura ahora que ha descendido la temperatura, y la gente... simplemente ya no sale de casa, porque coincide en no entender qué hace el frío aquí si la estación es primavera. Cuando estaba allá, en Cuenca, y era noviembre, la lluvia era tanta que era impertinente salir a la calle a pasear; pese a ello, me recuerdo salir, incluso después de medianoche para volver a mi alquiler. Húmedas las calles, empapadas, revestidas de una película brillante por la fuerte luz de las farolas, caminaba acera por acera mientras el ruido de los semáforos, ese insistente aviso para invidentes, me acompañaba hasta mi puerta. Llevaba conmigo una mochila, su beso de despedida, y una sostenida sonrisa al pensar que mañana era otro día que esperaba con ansias.

«¿Cuál es la más grande locura que hiciste por amor?», reza una pregunta en algún post vagabundo de la inmensa red social: «...esperar», culmina respondiendo.

Las esperas son quizá algo ineludible en el paso de los días. Esperas... porque tu esfuerzo construya una sonrisa, que piedra a piedra forme la arquitectura de una realidad antes soñada. Un trabajo, un deseo, una ilusión.

A lo largo de los días, durante esos dos meses, el calendario hacía una comedia, cuando no una ironía, al pensar qué pasaría, qué pasaría mañana, qué pasaría si espero otro día.

Creo que tenía once años cuando veía a mi tío de pie cerca del vano de la casa con una pierna flexionada sobre una piedra enorme, fumando un cigarrillo tras otro; que pase, le decía, que hacía frío, que deje de fumar. Mis ojos inexpertos no entendían qué hacía una persona en horas de la noche indiferente al frío de la intemperie, quieto como una estatua pensativa.

Mucho tiempo después me contó que, cuando se fue a Italia y, solo después de rebotar entre variadas cuestiones de la vida, tuvo noches incluso más solitarias. Hasta que retomó sendero, luego de tanto esperar.

La soledad se afirma como el frío en la garúa y aquieta la mirada que estudia el pensamiento en el silencio de los días. He tenido clases enteras con mi muda compañera, absorbiendo el paso de las horas, comprendiendo el ritmo de la vida.

 

«Es triste ver el cielo así,
cayendo poco a poco me parece,
que no pudiéndome decir,
resuelve hacer de gotas preces».

 

Me apagaba y me encendía... sentado entre la multitud de la gente acompañada, observando la vida fluir de colores, tan sonora y risueña que no sabía qué hacía ahí.

A quién le debo esas horas que esperé en silencio, sin sonrisa. ¿A mí? A mi necedad innecesaria. ¿A ti? Que nunca apareciste en el plazo de ese tiempo.

Días después, como una falla en el presagio del clima, apareces, breve e irresoluta, sin la fuerza convencida que expresa el mar para alcanzar la orilla.

¿A quién escribía, cuando mi letra no tenía destino, y empezaba la batalla sin ver a la cara a mi rival?

Cegado de locura, en la Segunda Guerra Mundial, Hitler obligaba a que sus soldados mantuvieran posición ante el desalmado invierno ruso: ¡que esperen, que los refuerzos llegarían! Ateridos, congelados, glacialmente derrotados, enfermos de disentería, con hambre y sin pertrecho, miles morían por la fe ciega en la promesa de esperar. Te he esperado tanto tiempo frente al invierno de mi soledad, cargando duda, silencio y tristes descubrimientos, y solo has dicho palabras privadas de convicción, amor y denuedo.

¿A quién he escrito con esta tinta nacida de mi muda tristeza de esperar? ¿A quién guardé mi promesa esa noche en la alcoba, cuando el candor sostenía: «Quiero que cuides mi corazón»?

Lector, tú que acudes a la función de mi desnudez, que observas en palabras la dentrura de mi vida; si no hubo, ni hay a quien yo escriba esta confesión, no hay razón alguna para que siga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Licencia poética en la sintaxis.








***


Si disfrutas de la poesía y la literatura, comparto esta historia que continúa en un relato epistolar —minucioso, poético, contenido— que atraviesa, conecta y prolonga «Lágrimas de Cuenca».

«Si en la familia decir equivale a preocupar, entre amigos a normalizar y con los mayores a trivializar, ¿dónde queda todo lo que guardamos?»

Un relato íntimo sobre el tiempo y la espera.

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Es hermoso sinceramente 🩶