viernes, 21 de marzo de 2025

Poesía, de carne y hueso




La gripe es tal que trastorna a veces. Diría que es tanta... que podría calificarla como un nuevo tipo de ebriedad.

Entre el interminable cosquilleo nasal, la voz cava propia de la congestión y una leve agitación que conmina al pensamiento... olvido qué se celebra hoy.

En las calles también se ha olvidado. La sensación de inseguridad concita la atención de un país y es el motivo de una marcha que inicia en la Plaza San Martín. La corrupción por el dinero enferma a la sociedad como este necio virus a mi cuerpo. Solamente que en las avenidas de «mi centro histórico» no se marcha contra la inseguridad ciudadana, sino contra otros asaltantes extorsivos aún más duros que siempre regresan por más.

En mi memoria, ya confundida en ese lapso de ensueño que embota mi mente y la enajena de realidad, resbalo con imágenes posteadas que colindan con esta fecha.

«Un 21 de marzo celebraba solo en mi instagram este día, sin más. En tímido video que observaba tan solo una persona y que elogiaba en único comentario: «Mi poeta».

Repaso y miro: mi descuidada cuenta de Instagram tiene solo recuerdos archivados.

A veces me viene una gana ubérrima de gritar preguntando: ¿por qué paraste todo?

Lo peor de todo es que lo sé, pero alguien dentro de mí quiere saber otra respuesta, un punto seguido de razones que confiesan, otra forma de la verdad que no existe.»

Mis shorts cambian de color oscureciéndose a partes. Pero las lágrimas que lo manchan al caer no son mías, ni de alguna congoja extraviada que acabo de encontrar, no. Es la gripe tozuda que recala en mi mirada y anega mis ojos. Estas cosas pasan. Estas cosas pasan cuando uno se enferma, los ojos delatan mucho antes que otras partes del cuerpo la enfermedad.

La gripe, el dinero... los recuerdos. Enfermo, hace tiempo que estoy enfermo. Solo que ahora me viene una gana ubérrima de sentirme bien y me encuentro con tu rostro.

«Pudiste haberme dicho ya no, ya no más. No esperes. No hace falta que esperes dos meses. Y lo hubiera entendido, y hoy mi memoria estuviera en paz. Pero te fuiste sin decirlo y desapareciste para que yo mismo complete la historia.»

Si no fuera por la poesía quizá no estaría aquí detrás de la computadora con esta gripe que asola, viendo la sociedad derruirse de inseguridad, con esta vieja gana ubérrima de explicaciones.

Si no fuera por ese concurso donde pelé mi pellejo en palabras atestadas de mi carne y de mi hueso. El que era poeta, al que mirabas sonreír ya sin fruncir el ceño, no estaría aquí.

A veces me viene una gana ubérrima de gritar, pero en silencio. Porque he aprendido a escribir para llorar lo que siento. Aunque no sea así esta vez... porque es la gripe que se parece tanto a los recuerdos, que inunda mis ojos y me limpia lo colmado que andaba mi pecho.

Feliz día de la Poesía, para «Mi poeta», para su silencio que vaga en el cielo, que pinta de viejas ilusiones no concluidas los colores diezmados que despiden los sueños.







  

     

lunes, 17 de marzo de 2025

To the moon - III

 








«Flor es»

La segunda foto concita unidad: «lejanía y cercanía», no explora el detalle perseverante de la vida en las flores, deja entrever —sí— ese lila o rosa, quizá... tomado del mismo amor con que el sol tiñe las nubes en actitud de romance, de darle cálido romance a la luna que descansa solitaria y lejana... sobre el cielo, para que, rodeada de cariño, como flor que florece una vez al mes, sobre ese jardín inmensamente celeste, desee volver a aparecer.



 

miércoles, 12 de marzo de 2025

Moby Dick: Primeras palabras


Moby Dick de Herman Melville —libro grande y gran libro—, me empuja a decir que el que escribe revela en sus primeras hojas tener a un poeta en la narrativa; y en ella, una cercana o mundana, pero cuando conviene, elevada comparación. De la «filosófica caída de la espada de Catón» al «pacíficamente embarcarse», del «sustituto del suicidio» a «la otra manera de combatir la melancolía»: el porqué de una aventura (a la mar / o el mar como pulsión) se hila, explicada desde variada altura: una aventura identificable para cualquiera.

A veces, sencillamente, también yo, en el mudo riel de la tristeza —bullentes los apremios del tráfago del día, cuando hondo el parásito de la melancolía—. solo advierto una salida: ir al mar. Verlo. Y, quizás, en su sonido experimentar la voz de una aventura, de la promesa de otra aventura por venir; en el rigor que aplasta la arena, como a la tristeza de mi pecho, la ola que forma la orilla mueve o endereza mi centro.

La bella narración, que es poesía, va camino de otro punto final, y me recuerda ese viejo adagio que tan cierto encuentro: «el arte no tiene tiempo». 

Que, salvo luminosas excepciones —y varias quizás—, casi siempre que vuelvo a un clásico, me convenzo de esto: que lo más bonito, que lo más importante... ¡vamos!, que lo mejor ya está escrito.

Y que debes renunciar a creer que la palabra moderno, moda, o… tendencia, son guías cimeras para saber, para aprender, para dotar. 

El arte no tiene tiempo: Moby Dick lo refrenda. En dos capítulos, dos maneras de embalsamar el cuerpo de la narración con los aceites propios de la poesía.

Una parte, al final de su segundo capítulo, así lo muestra:

[... «Por lo que respeta a este borrascoso Euroclydon —dice un escritor antiguo, en libro cuya única copia existente poseo yo—, supone muy considerable diferencia el que se le observa desde una ventana de cristales, donde la escarcha queda toda al exterior, o desde otro sin marco, en cuyo caso la escarcha se expande a ambos lados. En esta última ventana la única vidriera es a condenada muerte».

«Verdaderamente», pensaba yo mientras este párrafo me venía a la mente, «que no te falta razón, viejo amigo». Sí, esos ojos son ventanas y este mi cuerpo es la casa. ¡Qué lástima que no acudan a tapar las grietas y rajas y pongan un poco de lino aquí y allí! Pero ahora ya es tarde para acometer mejoras. ¡Qué hermosa noche helada! ¡Cómo brilla Orión! ¡Y al norte, qué luces! ¡Hablémosles de sus veranos orientales, regiones de eternos invernaderos! Dadme el privilegio de crearme mi propio verano con mi propio carbón.]



domingo, 9 de marzo de 2025

After noon - «Cartas del cielo»




















Estaba pensando en cuánto depende la Tierra del Sol, en el equilibrio que existe, en que estamos flotando entre tanto, quizá por una extraña casualidad; que somos, en cierto modo, un momento de coincidencia; que, incluso si Dios lo hizo, esto es un largo instante en el que todo es; que orbitamos alrededor del Sol, como todos los planetas, y que, junto a ellos, estamos casi al centro de algo más grande: «una galaxia moviéndose entre un número indefinido de galaxias; que vamos a colisionar irremediablemente con la de Andrómeda; que el Sol es una estrella enana camino de apagarse... que somos casualidades». 

        —¿Te gustan mis fotos del cielo?

Solamente pienso en lo poco o mucho que he conseguido, en esta corta o larga casualidad, de estar, de sentir. Sonrío, porque Bianca mira al cielo y no hace tantas preguntas. Solo se deja llevar por lo que ve, y esa belleza intenta traducirla en sus fotografías.

        —Dime pues, ¿te gustan?   

        —A ver... están preciosas...

Las miro detenidamente, las giro, me pierdo en el azul, intento encontrar la correcta posición del sol... y, entre ver las nubes, los destellos amatistas del ocaso y la inmensidad de esos pequeños recuadros, advierto la repetida trama de ese telar de las nubes.

        —¡Dime! ¿Qué estás haciendo Gabriel? ¿Te gustan?

Y observándolas detenidamente, creo que intento leerlas. Quizá hay algo escondido, en esas formaciones que, de niño, me parecían solamente animales que cambiaban con el viento; quizá son mensajes que alguien podría desentrañarme para entender un poco más este momento, estos momentos que se han detenido en mí ya tanto tiempo.

        —Mira: el cielo parece escribir una especie de mensaje con sus nubes. Qué lindo sería saber qué dice, ¿no? «Tus fotos parecen cartas del cielo»: las nubes son la tinta que, en el inmenso tapiz celeste, a fuerza de viento y contraluz del sol se hace palabra, se hacen palabras, que nos cuentan algo, que aún no logramos entender. Sería bueno poder leer el cielo, ¿no?

        —Ay Gabriel, siempre me saca suspiros con lo que dice. ¿Entonces sí te gustaron?




domingo, 2 de marzo de 2025

After noon - «Ilusiones perdidas»

 









Lo dijo de una manera triste, pensando en... ¿qué sería de todo lo que algún día dijo con amor? ¡lo que prometió! ¡lo que planeó! Lo que tejió con palabras para dejar en otro corazón todo lo que sentía por dentro. 

Miró el horizonte y viendo a la chica arrobada, casi aferrada a las rejas —y sin poder resistir la belleza del ocaso atravesado de colores— casi ahogadamente me preguntó:

        —¿A dónde van las ilusiones perdidas, Viejo? A dónde.

Creo que yo también había sentido lo mismo, creo que el amor, trunco, es una huella imborrable que nos deja más preguntas que respuestas, que nos hace ocultar, transponer o mudar. Y a estos tres verbos los observaba detenidos, en el incompleto transitivo de sus ojos —sin su objeto directo, sin aquello que llamó amor—, coloreados de nostalgia.
     
    
        —«Arriba», le dijo el abuelo. «Arriba...»

             «...todas esas cosas bellas que sabes, que saben —que sabían dos inicialmente— le dan color a la maravilla de la tarde. El ocaso, la despedida del sol, de su luz a la tierra... son todos los sueños que incandescentes se apagan sobre la rotunda oscuridad de la noche, de nuestra noche, de nuestras noches. Y neciamente regresan a despedirse recordándonos en los colores que ves —las bellezas que fueron—, cada día.»