domingo, 28 de septiembre de 2025

Sleeping With an Open Eye

 





«Ausencia, tu idioma es el silencio»







Soledades - VI (EN)

 




i am the bass of an electric guitar
calm and faint, slow
that holds the note
and defends, steady,
its quiet sadness.

the heartbeat of a time
that’s gone
begins:
one by one it scatters memories,
spaced and deep,
the strike of the drumstick.

the singer’s voice
doesn’t try to outrun me,
and translates into words what I confess
each time this song returns.

and though there are three of us, we come together —
loss reunites us;
on this small stage
of modest light
we sing the lost things,
what time carries away...

tear,
silence of the road,
first true night;
we offer this performance to the sky
to, slowly, watch the stars dance...

and I know well.
refusing to look at joy
doesn’t make us welcome:
the shadows dissolve
they murmur; they yawn...

bright 
once was  this song,
hear the lament that remains,
music of a heart —
its firm and quiet sadness.


domingo, 21 de septiembre de 2025

Soledades - Llegabas cansada





    Cerraba los ojos dejando caer delicadamente los párpados, y sus labios parecían ceder, rendidos ante la fuerza de la gravedad. Los hombros, serenamente erguidos, recibían una mezcla de amor y firmeza, contenidos y dados gradualmente.

    —¿Te gusta?

    —Sí —decía con media sonrisa,  desvanecida en la palabra.

    Cada palma de su mano le dibujaba formas presionadas sobre su espalda, mientras su cabello caía, mecido por la cercana respiración. Tibio el tacto repasaba largos hilos imaginarios, trazando surcos entre sus cabellos, y ella sentía ir y venir el calor prendado en el paso de sus dedos.

    Al detenerse, tiempo después, ella —aún con los ojos cerrados, adivinando el halo de las manos que se alejaban con su ensueño— las tomó susurrando:

    —Un poco más, por favor —como rogando, casi vencida.

    —Toda la vida, amor.

    Y, besando su frente, él continuó.

    Perdida. Mecida en el placer callado que le daban sus manos, reposó su cuerpo, su alma y el tiempo de la habitación; sobre un sofá largo y mullido, bajo una vaga luz amarilla, sostuvo el sueño de su espíritu cansado, acunándolo bajo la fuerza de sus manos y la tibieza de su calor.




viernes, 19 de septiembre de 2025

Soledades - IV



     —Dígalo con poesía. 

     —Diría su nombre y su apellido, y al costado: «La verdad es que hay gente que es una real &%$/!!!» ¿Me entiende?  

     —Con poesía. 

     —Ehm... «Que la religión muchas veces es otra manera de encubrir la oscuridad de las personas». 

     —Poesía, señor... poesía. 
     
     —(...) (...) (...)

        «Serás recordada
         como la persona que presionó su palma sobre mi cabeza,
         manteniéndola así bajo la ola;
         para que, al final,
         desesperado,
         aprendiera a respirar bajo el agua». 

     —Hum.




I

domingo, 14 de septiembre de 2025

Soledades - V





Nulidad que vaga este signo de calma
sótano tranquilo de casa furiosa
menuda luz que ampara y ensancha
compañera vela de lámpara viajera

sobre la pared, mansa la mirada
cuando cerré el amor escrito en la libreta
su palabra roja que muda fue bella
salvaje y triste rasgaba las hojas

ciego de mirar tantas miradas
y al final los ojos caen adentro
y yo, sin saber
—a quién extrañas
y yo, si querer
—ya sin lamento

esta hora azul, larga y callada
este Dios, hacedor sin recuerdos
hace la pared, 
descansa la mirada,
cierra la voz, 
esconde el cuaderno.



viernes, 12 de septiembre de 2025

Soledades - VII






Paciencia

«Alguien elogiaba mi paciencia al explicar;
luego, resintió su ausencia 
y reculó.
Siempre encuentro la luz, aunque tenue 
y el tiempo da color a aquello que lo espera...
pero la paciencia      no es en todos la misma.

Había sembrado tanto amor, que los frutos se perdieron.
Por eso encajo música e imagen en lugar de tus manos en mi corazón.»







domingo, 7 de septiembre de 2025

Verte sonreír

          


    —¡Quiero verte sonreír, viejo! Quiero verte sonreír.

    Cómo explicar que no es algo que se encienda como el interruptor de la recámara: on y sonríes. 

    No ha sido nada fácil. Los niños juegan, al aire de la noche, la libertad de un viernes después del colegio; las parejas difuminan o extienden el calor de su amor según encuentran muchas o pocas las miradas y la brisa del mar despliega un perfume salado que toca en silencio y recuerda las barcas suspensas desde el Malecón Grau. Es el mismo parque sobre la banca de madera y el latido que impulsa la sangre es del mismo corazón, pero hay algo diferente y dormido, como un cansino dolor.

    El sismo del contiguo país austral ha provocado un leve descenso en la temperatura; el frío ingresa entre mis cortos shorts e invade mi eventual calor de hombre desabrigado. Ciertamente ingresa, pero se irá una vez que vuelva a casa, protegido por las paredes de la habitación. No podía decir eso de otro sentimiento invasivo que convivía conmigo la noche lenta y el largo día. 

    Una libertad de observar, mientras sorbo una cerveza, se apodera de mis adentros como la sal que inhalo y que libremente ingresa, o como el grito de un niño que reclama, por alegría o emoción, que le acerquen el balón: que es su turno, que le toca jugar, mover los hilos y quizá, como yo luego de su turno —moviendo el balón libremente a donde más le place—, pueda finalmente sonreír.

    —Pensé responderle, pero no venía al caso ninguna palabra. Solo nace si se siente. No buscas sonreír; solo es y nada más. 


En algún lugar del tiempo se ha perdido

Única 
espontánea 
verdadera 
La que en un espejo vi 

Bella por sincera. 

—¡Solo es una foto! —esgrimieron. 
Nunca lo entendí. 

En algún lugar del tiempo he comprendido 
Sonreír es mentir.



viernes, 5 de septiembre de 2025

Soledades - II





    Fue llevando la carta en su móvil discreto y estaba tan contenta que tenía los ojos plenos como luna llena; parecía una niña feliz con sus útiles nuevos para su primer día de colegio, aunque ya bordeaba los veintiséis.

    —¡Esta es! —le dijo. 

    La señora, que era profesora en no sé qué universidad, se afirmó los lentes y, con aire —diría— casi dramático, pasó del fruncimiento al asombro y del asombro al silencio. Cuando terminó, con un suspiro elevado, posó una palma sobre el pecho y le clavó la mirada. 

    —¿Y? —dijo ella sonriendo. 

    —Bueno, hija... no sabemos si tiene buen corazón. Pero de algo estamos seguras: sabe escribir... y bien.