jueves, 14 de mayo de 2026

Un amor extraviado


«No conozco nada más fiel que un libro»

Leer es una de las pocas cosas de las que me precio de hacer en soledad. A veces pienso que la soledad es un gran catalizador: agranda todo lo malo, pero también todo lo bueno. 

Durante un tiempo había leído tanta poesía que me detuve. La sensibilidad, esa palabra que ahora reconozco tan dicha y gastada, puede golpear y trastocar. Así, como modela y embellece, remueve y contamina, porque todo termina siendo una proyección, y no hay mina de oro que no dé oro ni mina de asfalto que no dé asfalto. La mía era una galería de tristezas, y seguir horadándola no parecía conveniente. Entonces volví a la narrativa y, por esas casualidades que ofrece la lectura, me encontré con un libro que escondía la poesía dentro de una historia. Y como lo que se siente queda guiado por lo que sienten los personajes, pude tomar distancia y dejar que la lectura sucediera.

***

De niño tomaba el diccionario y me sentaba a leerlo. No sé qué esperaba encontrar, pero mi primera intuición fue reconocer los verbos que hablaban de amor. Uno a uno los copiaba en un cuaderno para no perder esas palabras ni sus significados. ¿Para qué me servirían? ¿Qué pensaba hacer con ellas? Años después, cuando mi madre dejó de leerme por las noches —porque ya no teníamos ese libro de cuentos y porque tampoco le quedaba tiempo para hacer esas imitaciones mientras leía—, me compró un libro de segunda mano: Viaje al centro de la Tierra, de Verne. Antes había hojeado enciclopedias de historia del mundo y Biblias infantiles que traía un vendedor de libros, pero ese volumen pequeño y enjuto fue mi primer libro en serio.

La primera vez que subrayé una palabra porque no sabía su significado y la primera vez que llené apostillas en una hoja con la acepción adecuada para entender una oración fue, y bien lo recuerdo, la primera vez que sentí el gusto de ver reaparecer las palabras que había buscado, y cómo se iban encadenando en mi mente, como una trama, cada vez más amplia y más densa. Aprecié recordar esas palabras: verbos, adjetivos, las partes de un barco, su maderamen, la taxonomía de distintos minerales, y alguna frase de amor hacia la bella e ideal Graüben, de quien no tenía más que descripciones sin presencia.

Leer siempre me ha dado algo; ha estado siempre en mi vida. Cuando nadie ha podido, un libro me ha escarbado. Y volver a querer leer un libro entero es, con todo lo que significa, un acto de amor. Y es una forma del amor la que he encontrado en La clase de griego, de Han Kang, un libro caro que vale por lo que guarda en sus páginas.




Dejo esta reseña porque sí, porque debo, porque no hay nada más fiel que un libro… porque, cuando incluso quise dar lo mejor de mí, fue la lectura de un libro lo que me nació de manera espontánea entregar: entero, leído con todas sus hojas, sostenido por una romántica intuición al explicar, y dibujado el relieve de toda una historia y sus historias con la voz. Tal vez fue eso, al final, el gesto más inesperado que alguna vez di por amor y por amor debe continuar.



El presente es un ejercicio de mirada porque todo es proyección, entonces no es una reseña de La clase de griego sino una mirada particular de cada capítulo de la historia enfocado en puntos, a saber, luminosos o que compendian la forma y el contenido del relato. 

Entonces no resume, sí devela; no totaliza, sí alumbra; y no pontifica, ejemplifica a juicio de quien, leyendo, siente el impacto.

Finalmente, como a mí me sirve rodearme de lecturas antes de leer lo que deseo, bien puede ser usado de esa manera; pero esclarece algunos puntos más aún si se lee el capítulo previamente para poder asestar con el comentario expresado.

Dicho esto, una mirada o comentario de cada capítulo de La clase de griego:


Parte uno.

La primera parte tiene todo lo que se augura de la escritora: un nudo fuerte, concisión y poesía. 

En apenas una página, se nos abre una historia incrustada en otra... que, a su vez, estaba ya en otra. (Léase el cuento Ulrica de El libro de arena de J.L. Borges, y, luego, La saga de Volsunga de autor anónimo, al menos hasta la parte 27). 

Y, a manera de un vistazo asociativo, quizá el personaje, quizá la autora, insinúa por qué esta es una historia de dos y qué puede representar entre ambos una espada.

El último párrafo tensa poéticamente el nudo: la ceguera como espada.

Además, la portada, que al principio parecía extraña, termina por cobrar sentido.

***


Parte dos.

La segunda parte termina por afirmar la historia, como si reposara la brevedad de la primera en una pisada más larga y detallada.

Hay una extensión mayor que da visibilidad al drama interior de la protagonista, que por su expresión bien podría ser la chica de la portada.

Aparecen el tiempo y una tercera persona en la lectura. Lo primero se disfruta por la escala hacia el pasado y por el registro de la importancia del sonido, la voz y el silencio en ella; lo segundo, por la distancia en la narración, que marca un contrapunto con la primera.

El guiño a Borges se arrastra: ella viste de oscuro como Ulrica y es casi una descripción paralela de ese personaje; y la presencia del profesor se explica en la asistencia a las clases de la protagonista y en lo que busca en ellas: recobrar la voz. La conexión es natural.

La línea de la historia mantiene un pulso poético que unas veces eleva la imagen y otras penetra emotivamente en el lector. Hay una capacidad doliente de la narración para identificarse con la protagonista, que se siente al leer.

Por último, la reflexión y la iteración de frases son las otras formas poéticas que calan. Con la primera, se embellece y extrema el concepto que explica el profesor acerca del idioma griego: «una palabra sola y autosuficiente que no necesita unirse a otras para ser entendida»; con la segunda, se sella nuestra empatía con la protagonista, al dejar claro que es un mutismo más allá de lo físico, cerrando en su última línea: «...desde un lugar más profundo que la lengua y la garganta».

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Parte tres.

Hay un retroceso en cuanto a la emoción respecto del capítulo anterior: esta cesa.

El capítulo, aunque breve, deja una ya comprendida primera persona para el inicio de la vida del profesor, su filiación a los libros y, por intermedio de ellos, a Borges, quien vuelve encadenando y soldando la historia.

La narración, centrada en lo visible, resulta muy explícita, como reconociendo que, además de esa primera persona caracterizante, es el sentido que debe emplearse para narrar. Pero llama la atención la expresión «espectáculo visual», tan explícito como redundante, así dicho:  visual. Como si se desatendiera que eso ya había quedado más que claro. Quizá sea decisión del traductor emplear la palabra visual para que no quede duda de cómo fue el espectáculo narrado. Aunque, por lo descrito, sobra. Quisiera saber coreano para comprobar si en el original se usó la palabra.

Finalmente, puede pasar desatendido, pero parece sugerir el símbolo de la 'espada' en la frase de Borges: «El mundo es una ilusión y la vida es un sueño», «Pero, ¿cómo es posible que sea tan nítido ese sueño? ¿Cómo puede ser un sueño si mana la sangre y brotan las lágrimas calientes?». Por la plasticidad como símbolo, se lee al inicio que la espada es la ceguera, pero en otros textos no aquí se le toma como «la palabra». O sea que, entre la realidad o el mundo y lo que somos, está lo que nos separa: la palabra. El profesor, que aún es estudiante, tiene esa mirada velada en la frase, y quizá es lo que le impulsa a enseñar, a que los idiomas y la vista no son más que otras formas de unir nuestro yo con el mundo.

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Parte cuatro.

Vuelve la tercera persona, voz o conciencia de la protagonista. Y más que un capítulo autónomo, parece una prolongación exacta de la parte dos: seguimos instalados en la clase de griego, mientras los compañeros, ella y el profesor discurren en la prosa.

Regresa también la atención al sonido, aunque ahora como una escala: el silencio interior de la protagonista, el barullo del alumnado, la mota que borra las palabras de la pizarra, y luego el silencio de la reflexión del profesor, roto al fin por una tos creciente. Todo es tan nítido y distintivo que la lectura casi permite oírlo.

La belleza aparece en esa misma escala, pero sobre todo en la reflexión del profesor. Allí el capítulo prolonga y ahonda el anterior, donde ya se hablaba de la lengua; solo que aquí la polisemia de esa palabra y el drama de la protagonista se entrelazan párrafo a párrafo hasta volver doliente la conclusión: «En este sentido, se puede decir que... contempló no solo el ocaso de su lengua, sino también de todo cuanto le rodeaba».

Por último, quizá el impacto de todo ello deja lo anterior sumergido en la mirada del narrador hacia la protagonista, que imprime otra escala sensorial, nacida en ella y perdida en su interior: «la incongruencia entre esas formas, aplanadas como insectos, clavadas con alfileres, y su voz al intentar comunicarlas».

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Parte cinco.

Hasta aquí, el relato había dejado la señal de un drama urgido sobre la alumna de la clase de griego. En las siguientes hojas, se construye, no quizá el drama, sino la nostalgia del profesor, que, quizá más que sus ojos, es su verdadero drama.

Sabemos que la primera persona es su voz reconocida, pero esta vez se difumina, y, con la excusa de una carta, hay una sensación de ceguera por el tiempo que pisamos al leer. Hablamos de un pasado, del pasado de este, y se mueven los puntos sin una referencia exacta. Esa impresión, ese espectáculo de líneas como reflectores, embellece la forma en que se da cada párrafo y realza el interés por detenernos, en una primera lectura, ante estos destellos que iluminan y dejan entender o confirmar quién habla y a quién.

La complicidad del lenguaje que se usa da un efecto que invita al amor desde lo pretérito, la nostalgia por algo que, habiéndose querido, no se consiguió.

Aunque lo visual fue lo preeminente en este personaje, no es así en esta parte, porque la historia se enfrasca en detallar todo lo anterior, reflejando además el nacimiento de la pérdida de visión, su explicación y la evolución hasta la edad de cuarenta años.

El guiño a la alumna de la clase de griego late en la chica por cuya hija —repetida tantas veces— diferenciamos, y se le entiende como una depurada silueta de similitud para el lector.

Como interpretación personal, diré que, a momentos, las escenas parecen sacadas de un anime: el golpe, el silencio, la equívoca petición de saber cómo es una voz, porque quien le ama, teme que sea lo último que pueda conservar cuando pierda la vista.

La poesía no es esquiva en este capítulo. No mencionaré la belleza de algunas conclusiones de lógica proposicional, pero sí me quedo con esta frase, que rescata al silencio como último bastión para que dos personas puedan expresarse: «Yo no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejara de mí como la bajamar, nuestro silencio se habría ido perfeccionando a la par».

Y aunque el capítulo se llama Voz, se comprende que su dueña es la chica, la de la niña, tan parecida a la alumna de la clase de griego.

Por todo lo dicho, es el capítulo que más me ha agradado, junto a la concisión del primero y la emoción del segundo.

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Parte seis.

Tiempo. Como la presencia de una nube oscurece el suelo de la montaña, un signo de tiempo se posa sobre el profesor. Y no importa su edad exacta: basta la palabra «envejecimiento» para situarnos en su ahora.

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Parte siete.

Hay muchos puntos que pueden relucir en las páginas de este capítulo; de todos, pienso solo en dos.

Trasladar un cuadro, un síntoma... y hacerlo sentir. La sinestesia de la narración golpea. Por momentos he sentido el silencio de mi habitación y, sobre él, el lento piano que oigo mientras leo, algún ladrido lejano, el corazón.

La forma en que se cuenta, se indaga y se tantea, entre diálogos escamoteados que finalmente llegan al lector como revelación, da forma al germen de un dolor que, por aspirar a la conclusión en boca del terapeuta, queda desarmado con la frase: «No. No es tan simple». Y es que, además, cuántas veces se ha intentado relativizar el dolor ajeno con una o dos razones.

El segundo punto es lo que me ha dejado al final la lectura. Si te pisaran fuerte el meñique del pie, soltarías la interjección «au» violentamente. Y con ello no se iría tu dolor, pero sí algo que no debes retener. ¿Qué sucedería si no pudieras hablar, decir, emitir palabra, y fueras golpeado una y otra vez?

Y, por otro lado, la plenitud se derrama: es la emisión de algo porque nos sobra. Confesar un amor, una alegría, está hecho de voces cálidas; la tristeza la melancolía en cambio, de lágrima de silencio. ¿Puede haber algo, ha habido algo en la vida de todos, que en algún momento nos haya dejado, parcialmente, como a la alumna de la clase de griego: recordando, desde un triste y largo silencio, nuestra voz feliz?

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Parte ocho.

Antes de decir que vuelve la voz en primera persona y que se atiende tonalmente a lo visual, quiero pensar en un número. El tres, lo triangular, las tres partes de algo, siempre me han parecido, por decir lo menos, perfectas.

En tres se divide el tiempo que habitamos; tres son las notas mínimas para un acorde completo; tres son las heridas que revisten el dolor humano de poesía: el amor, la muerte y la vida; y tres son los hilos que hacen de un enlace una cuerda fuerte, en la tradición cristiana, para un amor duradero...

Entonces hablemos de tres: de la frase, la percepción y la espada.

Pensar que algo sea bello, difícil y también noble, o que estas tres palabras se reúnan en el concepto de belleza, solo me pudo acercar a la poesía. Pero, en el curso del relato, ¿qué tendría que ver la poesía con ello? Recuerdo el concepto de que «en poesía solo lo excelso»; se lo oí a Borges, quien era un memorioso colector de máximas.

Para escribir un poema, para que se haga poesía, hay, y es discutible, un camino tortuoso hasta que se halla siquiera lo que guardamos en algún lugar. Pero, perfilado, tallado, arrebatado de sus sobras, es mejor que lo que inició.

El camino para que algo sea poesía es difícil, y todo lo difícil construye.

Ayer leí un texto que decía: «No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida». Confrontado con mis yoes, salió disparado de mi cabeza. Luego, releído, aceptado y contrastado, ¿no somos un conjunto de líneas tortuosamente reordenadas buscando hacerse poesía?

¿No es así lo que tenemos, finalmente? ¿Y no es esa la vida del profesor?

El relato cruza el tiempo, comparando lo que es y lo que ha sido en una vida, en un lugar, en su belleza, en lo que nos deja como impresión, en el efecto de ello sobre nosotros.

El cambio de algo en una vida, de un rostro frente al espejo, las formas que adopta alguien en el paso del tiempo, son cuestiones que frenan, que impactan. Cuando no lo dice la boca, lo revelan los sueños.

Vivir sabiendo que vas a perder algo, finalmente, no se diferencia mucho de comentar que todos vamos a morir, salvo que a nadie, o a pocos, se lo dice un médico poniéndole fecha anticipada. Recuerdo el capítulo piloto de Breaking Bad, de cómo Walter White termina siendo Heisenberg, son móviles antiguos; pero, ¿quién no cambia ante un vistazo al abismo?

Perder asusta. Perder lo que nos da lo que somos, más. Entre lo que somos y lo que percibimos hay tanto que perder... están la palabra, los sentidos; hay incluso personas...

Cuando percibimos que somos conscientes de poder perder, reconocemos estos puentes, los apreciamos, los admiramos, los admitimos.

Pero también podemos decir: «El mundo es una ilusión y la vida es un sueño. Sin embargo, mana la sangre y brotan las lágrimas».
Porque cómo duele perder.

***


                                                                    (...)

1 comentario:

Lucrecia Girón Guarneros dijo...

Gracias por compartir la mirada a este hermoso libro, lleno de poesía y amor.
Aún no lo termino, pero sin duda leerte me ayuda a descubrir nuevas formas de mirar mi propia lectura.