lunes, 1 de junio de 2026

Un amor extraviado (Lcg 2)





     Se leen libros, personas, sueños; miradas, recuerdos, silencio. Cuando empiezas a leer y captas la íntima resonancia en las palabras de alguien a quien quizá nunca podrás ver, comienza una manera de reconocer el mundo.

     Ya había concebido algo así en otro momento, cuando en clase de Física debía traducir a gráficos párrafos que representaban un problema. Era una primera manera de encontrar razón en todo: una explicación. Leía, y cada forma, cada trazo que hacía, formaba parte del sistema planteado; debía tener causa y consecuencia, responder a unas leyes según el juego del tema —termodinámica, hidrostática, cinemática— y conducirme a una solución.

     Leer sublima la atención, la extiende sobre campos, sobre hectáreas antes inadvertidas. Sombras que se iluminan. Todo dice algo, todo esconde algo. El adjetivo designa una visión inobjetable, y lo que no se ha dicho entre personajes de dos historias paralelas convoca sutiles presencias en su comparación. Un pestañeo persistente tiene un motivo; el alargamiento de la exhalación, una razón. Algo más allá del color, del sonido y de la sintaxis se oculta. El terreno del silencio se agranda hasta volverse inmenso, y uno aprende a entenderlo, a oírlo, a observarlo.


***


     Nunca sabrá qué vieron en sus ojos, qué mensaje aturdido pudieron leer en su mirada esquiva. Llevaba consigo solo el gris de la vereda y, cuando no, a su lado se encontraba repetido en el reflejo de los largos cristales de la avenida hasta la antigua estación. Simplemente no se puede esconder lo que sientes: va en la mirada. Y ese lugar —pensar que era donde mejor se sentía, al lado de libros, de historias que confortaban su caída, su pasado— dolía solo por mencionar su nombre: Estación Desamparados.

     En una biblioteca, solo entre libros sentía compañía.




***


     No quisiera recordarlo así, aunque sea una de las últimas cosas que recuerdo…

     —Yo también sobrepensaba. Pero ya no; antes lo hacía —me dijo.

     Sobrepensar, o examinar con cuidado algo que sucede, es un acto elegido. Pero sentí que ella lo decía en un momento en el que ya no le veía amor. Creí entender, entre líneas, un mensaje no dicho: «Ya no te pienso tanto como antes. Ahora puedo estar calmada incluso si no estás».

     Era una mesa rectangular, mediana, de madera. Seis personas podían ocuparla cómodamente. Sus padres, su hermana, su novio de entonces… y ella a mi lado. Charlábamos todos; tintineaban los cubiertos. Como había terminado de llevarse a la boca un jugoso bocado del almuerzo, buscaba con qué limpiarse la comisura de los labios. Usualmente no hablo porque mi atención está puesta en lo que deseo. Ella era mi atención, y yo intentaba, involuntariamente, cubrirla de todo. Aunque me preguntaban y respondía, lo abarcaba todo con la parsimonia de mi actitud.

     …Con la boca llena, sin poder hablar, tanteó con las manos, y nadie la entendía. Excepto yo, que la observaba desde el principio. Le acerqué la servilleta y pregunté si necesitaba agua. Asombrada, me miró y con ternura sonrió. No sé si su madre observó el gesto. Querer a alguien es leer su vida. Leer es una forma del amor, porque la atención se sublima.


***


     En La clase de griego, la vista y la audición abren un canal para la inmersión de los sentidos. Y la emoción, a través de la poesía, dota las pocas páginas de la historia de una profundidad que abisma. Hasta ahora el encuentro —previsible— entre la alumna y el profesor no ha llegado, pero las páginas han trazado el interior agudo de esos personajes todavía sin nombre, con cuyas carencias uno puede identificarse.

     Leer es un modo de habitar la piel del otro. Por eso, a veces, como en las películas, uno termina entre lágrimas: porque leer —esa otra forma del amor— agudiza la manera de sentir. Y entonces, de pronto, el silencio del mundo se vuelve legible.

     Dicho esto sobre leer, continúo con la mirada capítulo a capítulo de La clase de griego.

***


Parte nueve.

Antes de mirar el capítulo, rescato una declaración por poseer un porcentaje de error: «Hay que leer y releer; la segunda lectura es, a veces, la lectura que abre la puerta»

La lectura como otro campo del arte transmite una experiencia, y esta posee un atributo particular: la sorpresa; y esta disminuye con la repetición. 

Haber leído algo una vez da predicción, predisposición, la luz para afirmar la pisada. Puede que algo en una historia por otros motivos, como la complejidad u otros factores, eluda esto que digo. Este capítulo no es el caso.

La efusión, el destello de lo que sientes, disminuye en una segunda o tercera lectura. Es mejor, entonces, atender y conservar el efecto de la primera porque, aunque por leer casi a oscuras releí una segunda y hasta una tercera, ninguna me dejó tanta reverberación como la primera.

Dicho esto, continúo. El otro indicio de que la voz del profesor guía el sendero de la historia ahora son las cartas. Trozos de estas, completas, partes salteadas que inician tiempo atrás y pronto nos devuelven la mirada de un ahora imaginado y completado por la memoria.

La primera impresión al leerlas fue el detenimiento. Es simple: un párrafo presenta una ventana y uno se detiene a mirar; si esta visión cala, incluso a recordar.

De estos detenimientos anoté dos:

El primero: quien sale de madrugada, muy temprano, por algún motivo cotidiano o especial, puede quedar atrapado en cada palabra del primer párrafo.

Sobrecogido por la impresión del frío, al abrir la puerta frente a la vulnerable tibieza del cuerpo, y luego, viendo el azul que da el cielo cuando la oscuridad se difumina al principio del día. Es un párrafo para sentir, para quedarse.

Pienso entonces en una puerta o en una ventana abierta, porque por la segunda se observa, pero por la primera uno ingresa para quedarse.

El segundo: la escena que culmina con la triste declaración «ese espectáculo cautivador y alucinante se debía en realidad a la debilidad de mi vista», por parecerse tanto a una frase de la que he querido despojarme: «La nostalgia es un veneno que falsea la realidad».

Considerar que la belleza de algo ha quedado confundida por el prisma con que se le mira; reconocerlo tardíamente y, ante todo, saber que ha habido un goce, quizá deshonesto, al encontrar en la confusión de los sentidos algo que nos empuja a verlo e interpretarlo de otra manera, es inquietante, intimida. Más aún: hallar en la escena la representación de muchas otras formas de esta confusión.

Sobre la voz.

Una línea de tristeza y nostalgia atraviesa el capítulo; las cartas y sus revelaciones terminan acercándose al presente. En ese camino discurre un tono, una voz, cada vez más paralela a la de la alumna de la clase de griego, como si ambas se alinearan y se permitiera entrever una correspondencia.

En poesía, la voz se consigue al alcanzar un grado de inflexión en la escritura. Entonces, lo que se escribe no puede leerse de otra manera que no sea con cierta modulación de la voz.

Pienso en Jorge Pimentel, en su poesía: en una palabra... potente, intrusiva, refractaria, que se entona no con melodía, sino con dureza, y solo así deja notar su destello, su esplendor. Pasa igual con muchos otros autores, que sin querer le imponen a su escritura el tono de una voz.

Siento algo así en el capítulo: apropiado para una voz tenue, anhelante, que rememora. No fuerte, no alegre, no pletórica.

Y por último, dos momentos que sellan el capítulo distintamente.

Por su evasiva luminosidad, destaca un párrafo, porque aplica la negación para elevar la idea, ya sea porque debe mantener el tono triste del hablante, ya sea por la volatilidad que quedaría si se empleara sin la negación:

«Sabes que nunca sacaré sabiduría de mi dolor. Que aunque pierda la vista, no abriré los ojos del alma. Que me perderé entre los recuerdos confusos y los sentimientos exacerbados. Que me quedaré esperando con mi estupidez innata, y que lo haré con porfía aunque no sepa qué espero».

La máxima así dispuesta queda implícita tanto como futuro enroque para el profesor como luz aleccionadora para el lector.

Finalmente, luego de aparecer y sobrevolar las cartas durante su plazo de monólogo y confesión...

apoyadas en la elipsis, la iteración, la sugerencia, vuelve la presencia del color azul y la imaginación para posarse con delicadeza o internarse en el lector, e instalar en palabras lo que queda ante la ausencia: la memoria.

«Puedes creer que todas las noches apago la luz sin desesperarme...»

***


Parte diez.

Creo que funciona igual para cualquiera. El hallazgo de la similitud entre los verbos «padecer» y «aprender» en griego tensa la lectura.

Sin poder pasar del primer párrafo, me detuve porque la sola idea ya despierta curiosidad. ¿Qué otras relaciones habría en las lenguas de las primeras civilizaciones, donde incluso las letras parecían conservar afinidades nacidas de la vida misma? Los apellidos, en muchos lugares, surgieron de la realidad: de los oficios, de los rasgos físicos, de las destrezas, de la cercanía concreta con el mundo. La realidad creaba las palabras. Y en este caso también parece ocurrir algo semejante: la realidad aproxima sabiamente los verbos «aprender» y «padecer».

Qué fuerza tiene, además, la frase: «el resto de su vida fue un aprendizaje sin maestros...». ¿No es así como aprenden muchos?, ¿no es así lo que no se estudia y falta saber?

El capítulo funciona como un hallazgo que detiene y turba incluso a la alumna de la clase de griego. Es tan conciso que todo se mueve a partir de dos verbos: aprender y padecer.

***


Parte once.


Es un día de la vida de la alumna de la clase de griego, o más bien su noche: de una noche a otra.

Lo primero que rescato en la lectura es el encuentro de la alumna y el profesor, la aparición de una semejanza antes intuida y ahora escrita que da un viso, una señal.

Luego, queda la sensación de un paseo mustio que, conforme a la arquitectura de la narración y a la acentuación de los motivos, va tornándose y devolviendo una forma ahora comprendida, una forma que traduce un color.

Y líneas después, el griego que, a través del profesor, nos acerca a un símbolo universal de la ausencia: la nieve.

Pensar en la nieve como algo blanco y silencioso no da la visión necesaria para entender el signo de su tristeza, el motivo de su mención. En poesía, basta quizás con seis líneas para entender qué representa ese silencioso blanco. El poema de Emily Dickinson enmarca fielmente esta correspondencia:

“Water is taught by thirst;
Land, by the ocean passed;
Transport, by throe;
Peace, by its battles told;
Love, by memorial mold;
Birds, by the snow.”

Que su hijo la llamara «Tristeza de la nieve que cae» no es entonces una casualidad, porque ahí están la nieve y su inexplicable tristeza.

El capítulo se acentúa poco a poco, y creo que el primer aviso, el primer viso de este cuajar, o como dije, de esa traducción de un color, lo encuentro en este párrafo: «...Nada sabe de las partículas de roja sangre grumosa que fluyen incesantemente por sus venas. Nada sabe de sus pulmones, músculos y órganos oscuros, ni tampoco de su corazón caliente que bombea con fuerza».

Aunque se nos dice que ella no ve la maravilla que es y el mundo que la rodea, se nos anota que así es, difusamente, para ella, con una poética de la negación. Más tarde, ese todavía vago color se tiñe con las iteraciones: «Desde que ha perdido el habla...» y «Así es como ve...».

En estos últimos párrafos ya domina la fragmentación como mirada, e ingresamos, en tercera persona, a una observación de su pasado, porque hoy no hay palabras ni algo que haga que el presente prevalezca. Que estas imágenes se «desprendan» y «caigan» como explicación física, cual piel que muda o restos que se dejan, deja entrever una realidad herida, aunque también una posible forma de alivio o algo parecido a la sanación.

El último párrafo, jugando con el recuerdo del beso de su hijo y el anhelo de esa compañía, no hace más que devolvernos a esta idea de recordar, que cierra un círculo.

Entonces la arquitectura de la narración, esa manera de empezar en un estado mustio y avanzar a tumbos, por escenas cortadas, ha sido el reflejo de una conciencia dispersa. Como si la forma de contar respondiera a la forma misma de esa mente.

Finalmente, la línea que más me satura la imaginación, pensando que su enfermedad no es ajena y que, más bien, es parecida a alguna de la actualidad, es esta: «Desde que ha perdido el habla, hay ocasiones en que ese extraño mundo se superpone al que ven sus ojos...». Porque, aunque nadie vive en silencio absoluto, hay muchas personas que conocen esa experiencia en su soledad y quizá hayan visto, con ojos iguales, la fragmentación del recuerdo en este capítulo... porque su mundo interior los puebla y toma el lugar que deja la ausencia de la palabra, dispersándose.

***


(...)


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