Un día antes me había dispuesto a buscar tu nombre en la red. Me pareció que no era nada malo. Ya antes cuando tuvimos una reunión en videollamada apareció tu apellido que como dijiste develaría enteramente tu persona. En esa oportunidad fue tanta mi sensación de respeto y equidad que retiré la palabra para que no aparezca en mi pantalla y no la vi porque me pareció sobremanera injusto que no pudieras ver igualmente algo sobre mí, pues solo se alcanzaba a apreciar mi nombre en las ventanas de Meet y no mi apellido. Esta vez había sido diferente, de pronto vi que en el Excel estaba íntegramente mi nombre, completo, y ni siquiera había pensado en ello cuando me di cuenta de que ya estaba ahí sin posibilidad de omitirlo. Ya había oído parte de tu nombre porque me habías dicho que tenías un apellido como el que tengo. Ese día antes de mi examen final estuvimos conversando, me oías explicarte cada cosa que como dijiste lo hacías por ayudar, porque lo querías hacer, y que con todo nos llevó a una parte de la noche que terminó en su hora más alta justo cuando ya casi la luz gana lugar y da nombre al nuevo día. Horas después, por la tarde cuando estaba solo y pensando en tus palabras, en alguna inflexión de tu voz o en el tono travieso que acude a mi oído justo antes que sonríes, justo cuando estaba como en el trayecto de un caminante que disfruta el paisaje de su memoria en una andadura lenta y silente, recordé una vez más que sabía tu apellido. No quería saber más de lo que debía, no quería sorpresas de mal sabor, no quería; pero a la vez no entendía por qué no. En el repaso de mi móvil, raudo como son los pulgares para estas cuestiones de buscar y encontrar lo que uno quiere a la hora más inoportuna, se me hizo sencillo proponer búsquedas en más de una ubicación y viendo que ninguna satisfacía el sentido de mi vista acudí a la más visual de las opciones y me vi inmerso en la nueva red que antes protagonizaba Facebook. Tu nombre apareció de repente como una singular opción, casi la única, casi la que debía ver y con reveladora soledad tal y como lo habías anticipado. Ingresé y mis ojos, al tiempo que veía, al tiempo que acallaba y un silencio colmaba el espacio lleno de interrogación, descubrían una entidad de colores, de brillos y de acciones que cuando se detenían en congelada miniatura, en retazos espaciados de tu sonrisa de una alegría detenida y elocuente, conmigo o en mi pausaba algo de mi tiempo y mis emociones, y que cuando accionaban, la fuerza de una libertad desbordante, el eco de un brillo familiar y presente, conmigo o en mi sentía el ágil galope de un corazón latiendo, inquieto e incesante. Un no saber, un no estar, una romántica medianía fue la corriente que terminó por eclosionar en palabras que se me salían por la boca y cruzaban mi mente como bandadas de suspiros. Fue verte tantas veces, saberte múltiplemente, dibujarte con mis ojos y sonreír observándote, que una nada se transformó en una multiplicidad de emociones con preguntas sin respuestas, con palabras construyendo nuevas oraciones que creo que esperaba sentir. Llámame curioso, porque esa tarde mi curiosidad me llevó a parar a un lugar donde he sentido quedarse una parte de mí que no quiere volver porque siente la calidez de una sonrisa suya, prima vera y familiar.
martes, 27 de agosto de 2024
domingo, 18 de agosto de 2024
Soñador
veo nubes que se besan, con palomas que no están,
veo imágenes constantemente,
gente que se abraza,
el amor que colorea, que da música la escena,
un latido que no cesa,
silencio y soledad,
veo ríos que se van,
donde la gente fuma o besa,
y la nostalgia pinta ocasos que apreso en mis ojos.

jueves, 15 de agosto de 2024
Bang Bang
-Dámelo
-¡No!
-¡Estaba jugando yo!
-¡Mentira! Estaba en el piso.
-Pero lo iba a usar ahora, ¡dámelo!
-No
-Le voy a decir a mamá
-No le vas a decir porque ella no nos deja jugar con eso.
-Lo voy a romper y le voy a decir que fuiste vos.
¡Bang! ¡Bang! Dijo el pequeño y el estrépito inundó la habitación, fracturó el sonido matinal de la casa y viajó hasta la cocina asaltando los desarmados oídos de mamá, y fue a perderse despedido como un imponente cohete de una procesión que ningún vecino pudo ver en la calle.
Los platos, alocados, cayeron al suelo como un sonido menor, y los latidos de un corazón espantado pugnaban por acercar a dos ojos nerviosos una sola imagen.
Mamá abrió la puerta y Dios se apartó del mundo otra mañana de abril.
Al día siguiente una mano encendió el televisor y luego de un rodeo de canales recaló en el obituario cotidiano de las noticias matinales donde un comentarista exhortaba a la población con voz agria y quejosa que cómo un policía de franco podía dejar a vista y alcance su herramienta de rigor.