viernes, 5 de junio de 2026

Un amor extraviado (Lcg 3)




 

     Extraño mucho conversar, pero no de esa manera libre y espontánea, sino como cuando te sientas con alguien a tocar temas uno a uno, agotándolos todos con cierta importancia, guardando cariñosamente lo del día anterior, acumulando algo que ya no es de uno, sino de dos.

*** 

     Mientras leo siento claramente: «sé que hay cosas que no volverán». Leí un libro una vez, su título me dejó inquieto; no pude descifrarlo, pese a lo mucho que me encanta leer. Era Estatua de sal. Sabía la historia de Lot, pero no entendí a cuento de qué se usaba. Páginas después, la joven escritora explicaba arrojando toda luz sobre mis dudas: «Desde el instante en que la mujer de Lot queda convertida en sal, el poema encara a Dios, pero también lo reconoce como figura diaria en la vida de una niña que ahora, desde el lenguaje que la construye, no mira atrás; sigue adelante mientras el mundo continúa su curso irrefrenable».

     Debe ser la manera en que concibo el mundo. Cuando volvimos a hablar, había una estatua conversando con una persona que no miró hacia atrás. Tristemente se aprenden algunas cosas en la vida: «aunque todos nacemos con corazón, nadie debe ser una estatua de sal».

*** 

     Cuando llegué al capítulo catorce, no pude evitar sentir eso: recordar, leer los recuerdos. Es una manera involuntaria de experimentar una fracción de la vida, que según muchos escritos es la única que realmente nos pertenece. Dicen o es una mezcla de mi memoria que el olvido es una forma de la felicidad. Me declaro un alegre infeliz. He nacido para recordar.

     Además reconociendo la poesía «el arte de la memoria», este capítulo y en adelante, para un lector, es una balsa dispuesta a perderse en ese mar que conservamos unos pocos.

*** 

     Hacia el final de La clase de griego he sentido una voz acompañando la mía en mi lectura: leer siempre estará engarzado a esa vez que leí Cien años de soledad, que desde el título me anunciaba —o leía— no muy lejano el futuro.

*** 

     Dicho esto, finalizo la mirada de La clase de griego.



Parte doce.

     La filosofía había sido mencionada antes y ya presentaba visos de protagonismo. Ahora, en este capítulo breve, se concentra en dos preguntas.

     La primera aparece al final: si todo lo que existe contiene dentro de sí aquello que puede destruirlo, ¿por qué el alma humana no se destruye a pesar de sus defectos, de sus impulsos necios y de sus contradicciones?

     La segunda nace de una observación lingüística del griego, como hubo una anterior.  Si theoria contiene la idea de «ver», ¿existe una relación semejante entre theion, lo divino, y la visión? ¿Es la divinidad un ser que ve o, más radicalmente, la vista misma?

     Como corresponde a la filosofía, el capítulo no ofrece respuestas; apenas delimita un territorio para la reflexión.

     La primera pregunta parece sencilla solo en apariencia. Basta observar la vida cotidiana para advertir que gran parte de la existencia consiste en sostener un equilibrio inestable. El hombre posee dentro de sí fuerzas opuestas: aquello que construye y aquello que erosiona, aquello que lo impulsa hacia los demás y aquello que lo repliega sobre sí mismo. Quizá por eso la pregunta del estudiante no se limita al alma. En el fondo, pregunta por qué seguimos siendo capaces de permanecer, de buscar sentido y de continuar incluso cuando cargamos dentro aquello que podría arruinarnos. 

     Hay una buena dosis de esta condición humana que nos inclina a fuerzas (opuestas/que impactan) en un poema de la escritora mexicana Rosario Castellanos, Destino, que inicia describiendo elocuentemente la fatal oposición: «Matamos lo que amamos...»

     La segunda cuestión me resulta aún más sugerente porque enlaza con uno de los grandes motivos de la novela: la mirada.

     Pienso en una escritora a quien preguntaron qué elegiría si solo pudiera conservar una cosa: leer o escribir. Respondió sin vacilar que leer. Luego devolvió la pregunta: si solo pudiera conservar uno de los sentidos, ¿cuál sería? La ahora entrevistada respondió: ver.

     No es una elección extraña. La vista nos entrega el color, la forma, la distancia y el movimiento. A través de ella reconocemos el mundo y también nos reconocemos en él. Quizá por eso tantas tradiciones han asociado la mirada con el conocimiento y, en ocasiones, con algo más elevado.

     Recuerdo también el testimonio de una persona con acromatopsia que, tras vivir durante años en un mundo casi sin colores, descubrió un día entre los colores de un mariposario un azul que parecía brillar desde dentro. Lo describía no como una información nueva, sino como una revelación. Aquella experiencia no le permitió únicamente ver un color; le hizo comprender que existía una dimensión del mundo que había permanecido oculta para ella.

     Tal vez por eso la pregunta del estudiante resulta tan poderosa. No porque sugiera que la vista sea divina, sino porque insinúa que ver es una de las formas más profundas de acercarse a aquello que nos supera. Ver no solo como acto físico, sino como comprensión.

     Y quizá por eso mismo la pregunta aparece en esta novela, donde la pérdida del habla ha ido desplazando a la protagonista hacia una relación cada vez más intensa con las imágenes, los recuerdos y las percepciones. Mientras las palabras se alejan, la mirada parece ocupar su lugar.


***


Parte trece.

     Como un leve chispazo, sostenido con la incertidumbre, remitente y destinatario, vigilia o ensoñación se entremezclan. Finalmente, el sueño se desnuda y el destinatario parece ser el profesor.

     Además, se menciona la nieve como blanco color de la hoja y el azul, ahora marino, de una cortina que se mueve ligeramente, como insinuando, conectando el hilo de una historia que tiene signos que entendemos.

     Al pensar en el vacío de la carta, en el fracaso de su comprensión, podría ser que sea para el profesor, como ocurre con todos: que al soñar descubrimos la verdad de nuestros anhelos; que esa mudez blanca e inconclusa es de la alumna de la clase de griego y que se ha instalado en su mente. Aunque la posibilidad del braille deja una ligera bruma.

     La nostalgia queda suspendida hacia el final, por la vaguedad de la descripción, onírica y real, porque la frase que cierra su visión es quizá la de muchas personas, como ocurre en otros capítulos: «Y confirmo con calma que no tengo a donde huir, salvo al mundo de los sueños».

     Todo es un leve chispazo, pero se aloja en uno la idea de soñar.

***


Parte catorce.

     Quizá ahora es cuando más agradezco la concisión de la historia. Escrita en capítulos breves, incluso cuenta con secciones, cada una deja la sensación de una pincelada que parece cerrarse sobre sí misma y que, sin embargo, al acumularse, termina revelando el movimiento de la historia, una evolución.

     Dos palabras sobrevuelan especialmente esta parte: recordar y belleza. Y, como en capítulos anteriores, vuelvo a la idea de los detenimientos. Esta vez, sin embargo, la explico de forma algo irónica, porque la impresión que me ha dejado la lectura coincide con aquello mismo que el texto parece sugerir. Diría que, al leer, se nos entrega una forma de belleza en palabras que interiorizamos y de la que conseguimos, extrapolando, una idea de belleza desde lo personal hacia lo ideal. Así, esto que se lee obtiene luz propia, pierde lo sensorial y se vuelve algo renuente a olvidar.

     El capítulo ya insinuaba el acto de recordar, desde la carta y el braille, prolongando discretamente el motivo que cerraba el anterior.

     Desde esa evocación inicial se va trazando un hilo teñido de tristeza que avanza a través de Joachim Grundell, del parecido entre las montañas suizas y las de la infancia del narrador, y del encuentro fugaz con Emmanuel.

     Las escenas que se suceden encuentran su centro en la figura de Joachim. Todo parece sostenerse en su construcción: su fragilidad, su inteligencia, su sensibilidad y, finalmente, su ausencia. Es precisamente esa desaparición la que activa la memoria y convierte cada episodio en una forma de regreso.

     «...me recordó a ti». Esa frase resume buena parte de lo que el capítulo me despierta. Lo mismo ocurre con las montañas de Suiza que evocan las de la infancia. Entonces surge una pregunta: ¿cuánto de lo que conservamos en la memoria permanece como medida silenciosa con la que comparamos el presente?

     ¿De qué manera permanece alguien o algo en nosotros para despertarnos, con mayor o menor certeza, esta pregunta: «¿por qué me asaltó entonces aquella especie de tristeza?»?

     Hay una constancia en el capítulo hacia el acto de recordar que nos empuja y nos tropieza a hacerlo. 

     Del brillo que encuentro en las reflexiones de Platón formulo un comentario que quizá valga la pena, porque siento que suelda esta que podría ser una sola y caprichosa idea de recordar. Los recuerdos nacen como experiencias sensibles, ligadas a momentos concretos de la realidad. Sin embargo, solo algunos logran atravesar la puerta de lo efímero. Por razones difíciles de explicar, ciertas vivencias adquieren una intensidad singular; conservan su brillo, sobreviven al desgaste del tiempo y terminan convirtiéndose en una referencia interior. Ya no son únicamente recuerdos: funcionan como una idea de belleza con la que medimos otras experiencias posteriores.

     Pocas cosas que recordamos alcanzan ese estado, obtienen propia luz y ya no se pueden olvidar.

     Hay otras reflexiones sugerentes en este capítulo, pero me quedo con esta porque reúne las dos palabras que he señalado desde el principio: recordar y belleza. También porque los distintos momentos de la narración permiten observar una misma cuestión desde ángulos sucesivos, como si el lector se desplazara lentamente por un complejo mirador.

     Las ideas de Platón aparecen bellamente entrelazadas, conocerlas enriquece la lectura del capítulo, porque esclarecen la baraja y refuerzan la matriz de mucho de lo tocado.  Incluso una sola frase de Borges parece dialogar con ellas cuando define el tiempo: «un fuego que me consume», que termina así:  «...pero yo soy ese fuego»

     Y, para finalizar, me llama la atención un detalle si se quiere más contemporáneo. El texto parece sugerir, aunque sin afirmarlo de manera explícita, que entre Joachim  y el profesor pudo existir una dimensión que excedía la amistad. La novela apenas insinúa esa posibilidad, pero basta para añadir una nueva capa de complejidad emocional al recuerdo y a la pérdida que recorren todo el capítulo.

***


Parte quince.

     La alusión a la impotencia —de supuestamente la alumna de la clase de griego— de no poder vocalizar, quizá, o hablar, es gráfica y profunda.
Creo que el resumen del párrafo lo da postular esta pareja de palabras: «fantasmas incorpóreos». «Fantasmas», porque son, porque han sido; pero incorpóreos —lo que parece un pleonasmo— porque no se pueden ni siquiera formar con la boca, porque es justo lo que se siente, quizá, el doble de ausencia.

***


Parte diesiceis.

     Una elipsis. Aunque intuyo que todos usamos el traductor, y que es casi lo mismo lo que se halle en español que en griego.
El único hallazgo que despierta la completud de una idea es: «un hombre volaba sobre la nieve». Entonces, ¿un accidente? O quizá es otro sueño, y es el profesor, o quizá la alumna. «Alguien» no lleva género. Todo es una elipsis.

     Me quedo pensando en alguien que terminó el libro en la primera sesión y que dijo que nos sorprenderíamos hacia el final. XD



***


Parte diesiciete.

     El capítulo es dinámico, conciso, y la acción aclara la especulación del capítulo anterior: es la alumna y el profesor —o es lo más probable. Y titularlo «Oscuridad» defiende eso mismo en la narración: que solo sea probable, ya que hay un esfuerzo por mantener la ceguera hacia el lector para identificar qué personajes trata. No hay exactitud.

     Hurgando en la importancia de la escena donde primero aparece una avecilla, luego la alumna y finalmente el profesor, se rescata quizá lo más valioso: se produce la comunicación entre ambos sin otro medio que el tacto. El profesor ha perdido las gafas, que están destruidas; no puede ver en absoluto, y solo le resta confiar. Ella no escucha y no puede hablar; parece no haber nadie más, y solo le resta confiar.

     Él termina solicitando que ella lo ayude a comprar unas gafas nuevas. Ella no lo entiende. Pero la acción sigue: la comunicación se da sin audición ni palabra por un lado, y sin visión por el otro. Entonces me permito recordar las palabras de ese pasaje anterior donde el profesor, al reflexionar entre recuerdos, habla de la antigua amiga: «Ya no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, mi propio silencio se habría ido perfeccionando a la par».


***


Parte diesiocho.

     No quiero reír por lo que voy a decir, pero cuando alguien no se comunique contigo por algún motivo —como algún problema para decir las cosas—, recuerda que leíste cómo un ciego y una (eventual) sordomuda se estaban comunicando perfectamente en el momento álgido de una historia.

     Ella le tira del brazo para advertirle de un desnivel cuando prevé su inseguridad.

     Él intenta contener la duda que expresan sus ojos que no ven.

     Ella le escribe despacio sobre la palma, sopesando ante lo herida de su mano, que no serán por las gafas a donde irán «... primero un médico».

     Comunicarse es solo querer hacerlo, necesitarlo.


***


Parte diecinueve.

     Fue tan cambiante la impresión que obtuve al leer que, mientras en una primera lectura sentí que el tamaño del capítulo excedía el de la demanda por su resolución, en la siguiente sentí cómo se amalgamaban las palabras del profesor y la presencia de la alumna en un involuntario destino complementario. ¿Distracción, cansancio o simplemente la puerta se abrió al tocar por segunda vez? Ambas sensaciones me son justas porque las pude registrar. Por eso las comparto por igual.


De la primera lectura.

     Si bien la extensión del capítulo puede indicar un tamaño considerable, la demanda por la resolución de la historia exige tocar algunos puntos; si estos no son tocados, la sensación es la de algo que no sucede, que deja expectativa.

     Aunque la conversación es el río que fluye, la forma en que lo percibimos es lo que queda brillando. Él habla, narra y cierra puntos de su historia que faltaban o retrotrae otros, intercalando. Al mismo tiempo, la correspondencia de ella, en su forma de hacerse presente hacia él en un verdadero monólogo, y su espera son intrigantes; fabulan ideas más allá de lo leído: ¿por qué lo hace?, ¿para qué se queda?

     La lectura se despeña cuando él habla en su normalidad casi informativa; en cambio, cuando el narrador ocupa la mente de ella, la atención vigila. Porque la narración salta a la poesía, a una tercera persona, o a una voz descubriendo una voz que no sabe bien si es suya o de quién, y ese ocultamiento, que lo es incluso para ella, obliga al freno.

     Hacia el final, el cambio de tipografía en algunos párrafos, las ahora intercaladas líneas-preguntas del profesor y las estribaciones interiores de las voces de la alumna convocan la poesía para calar la narración, al punto de que logra una empatía ya registrada por su mutismo.

     «Pero no quiere recordar».

     Impotencia, soledad, silencio, dolor, desgaste, falta de reconciliación. Frases que sentencian un pilar del dolor, que se justifica nombrándolo como un problema que invoca solución: «Es consciente de que no perdió el habla debido a una experiencia particular… se fue deteriorando a lo largo de miles de años, desgastado por el uso… Una parte de ella, el lugar más desgastado por el uso, se desprendió dejando solo el hueco de un mordisco…».

     Estas pulsaciones mentales albergan nuevamente la idea de que su enfermedad, quizá mental, es algo que todos, en mayor o menor medida, hemos llevado en parte: «Son los ojos de alguien que ha estado hablando mucho tiempo solo, los ojos de alguien que no ha escuchado una respuesta».

     «¿No le extraña que tengamos párpados y labios? ¿Que a veces nos los cierren desde fuera y que, otras veces, los cerremos con fuerza desde dentro?»

     Reclaman empatía, gritan por una solución, una reconciliación.


De la segunda lectura.

     La impresión que me deja es la de una pieza encajando sobre la otra, cerrando la formación, con un sonido al final del lento aparejo.

     Las líneas o trazos que generan esta sensación a través del largo capítulo son sutiles y aparecen para enlazar, uniendo una oscuridad del personaje con la del otro. He anotado, conforme aparecieron, estas: la confesión en la palabra, el cuidado en la presencia con el gesto; el comentario de un recuerdo, la evocación interior. Hasta aquí, el tronco que flota si es pisado por un lado recibe contrapeso del otro y se mantiene sobre el río. Pero además aparecen otros trazos que dan unidad cerrada: la mención del pájaro, preciosa manera de enlazar el recuerdo de la madre despertado irrevocablemente como revelación en el profesor; el polvo, o el miedo, o el tiempo, o la común náusea, sinestesia compartida solo al ser mencionada.

     Así, el texto invoca dos partes como unidad sin decirlo.

     Punto aparte merece la preciosa manera de nombrar la muerte sin perder la delicadeza de la sucesiva unión: «y su madre dejó de ser su madre». Tenía entre las formas más preciosas la del Quijote, «dar el espíritu»; agregaré esta.

     Sobre la voz, como arquitectura de la construcción narrativa, vale decir que las tres voces aparecen moduladas. Primero, el narrador estableciendo y el profesor completando; luego, el profesor monologando y el narrador detallando la impresión de la alumna; y, por final, el profesor a destellos, la voz de la alumna, confundida entre la del narrador, la del profesor y la suya propia, y la del narrador. Sin hablar de ritmo, se percibe en una lectura en voz alta cómo cambia la cantidad de sonido por la intervención de una hacia la cesión de la otra, llegando hasta la titubeante y explorativa voz de la alumna.

     Hay mucho que mencionar en cuanto al dolor porque aparece para ambos, no tanto en su oscuridad o su silencio, sino porque representa la búsqueda o apoyo de uno en el otro. Y prefiriendo lo que produce en lugar de lo que es, dejo esta frase que me encantó: «Hay momentos en los que me parece sentir que la comprendo, momentos en los que quiero dejar de hablar y no decir nada».

     Es un capítulo muy romántico, con una forma muy distinta de nombrar algo que no se llama amor. Diría que es la revelación del otro en tu interior.     

***


Parte veinte.

***


Parte veintiuno.

***


Parte cero.

     Las miradas llegan hasta aquí porque no es necesario seguir, las emociones se experimentan mejor en la lectura.

     Solo puedo agregar que todo amante de la poesía debería leer el libro.

***






Fin.