viernes, 21 de agosto de 2026

Cartas a quien, prólogo.

 



Antes de la instantánea comunicación de las redes sociales, el WhatsApp o los mensajes de texto, las cartas, misivas o epístolas, como quieras llamarlas, habían ocupado un lugar histórico, romántico y privilegiado a lo largo del tiempo.

 Son conocidas Las desventuras del Joven Werther, novela epistolar, donde Goethe, en el paroxismo del romanticismo alemán, da voz a un joven llamado Werther mediante cartas que expresan su cotidiano y no correspondido amor; las Cartas a un joven poeta en las que Rainer Maria Rilke sondea con sabia belleza los hitos que todo joven aspirante a ser poeta debe considerar; o la manera en que un mozo Florentino Ariza, tímido y triste, alcanza y enciende el adolescente corazón de una ajena Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, novela donde el genial Gabriel García Márquez nos adentra en los confines del tiempo en el amor.

 La grandeza de la carta, como excusa o medio para decir con brío, ha dado lugar a innumerables escritos. Pero ¿qué sucede cuando el deslave de las emociones alcanza el cenit o quizá la sima de la tristeza, y no hay oyente que aprecie el dolor cotidiano de aquello que se revela?

 Las siguientes hojas —monólogos a veces, diálogos a una extraviada oyente otras— buscan capturar la obstinada estadía de la nostalgia en la solitaria alcoba de nuestras ilusiones, el corazón. Volviendo sobre momentos perdidos que solo la memoria del enamorado guarda como celosa antología, para confrontarlos con un ahora distinto, de realidad y silencio, donde la emoción y la razón pugnan como espectáculo íntimo que solo los ojos de quien ama alcanzan a mostrar.

 Así, entre el relato y la confesión, se cuenta la pérdida, la ausencia y el dolor de un amor que, en tiempos de Instagram, olvidó su cotidiana conexión.





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