«Sin duda, en esta parte del mundo, la belleza del cielo está en enero».
El estiramiento de la tarde, a esta distancia del sol, otorga insospechada belleza. Son las siete y debería decir «de la noche», pero es, en realidad, el lento final de otra tarde cerca al mar. El cielo es un alto lienzo, hondo e itinerante.
Hacia la playa va la primera mirada al salir de casa buscando el final sobre la profunda explanada, donde rescato todavía gasas de lila entre blanquecinas formas de algodón, colmando en rebaño, como ondulaciones que pastan lentamente sobre el vasto cielo sur.
Y el sol, ausente pastor, deja, en la herrumbre del horizonte, el camino a donde irán luego de pacer sus últimas luces.
«Camino mientras observo y observan sospechosa mi mirada.»
—¿Qué ha de ver arriba atento si solo hay cielo? —entre dos dudan y parecen formular exageradas suposiciones.
Arrobado, en la brevedad de estos finales minutos que dan paso a la noche, sigo la estela de fugaces colores, en callada gratitud, y estoy casi seguro de que los primeros hombres de este mundo inventaron la poesía al final de una tarde como pocas, prendada, en su rendida manera de observar.


