jueves, 15 de agosto de 2024

Bang Bang

 -Dámelo

-¡No! 

-¡Estaba jugando yo! 

-¡Mentira! Estaba en el piso. 

-Pero lo iba a usar ahora, ¡dámelo!

-No

-Le voy a decir a mamá 

-No le vas a decir porque ella no nos deja jugar con eso. 

-Lo voy a romper y le voy a decir que fuiste vos. 

¡Bang! ¡Bang! Dijo el pequeño y el estrépito inundó la habitación, fracturó el sonido matinal de la casa y viajó hasta la cocina asaltando los desarmados oídos de mamá, y fue a perderse despedido como un imponente cohete de una procesión que ningún vecino pudo ver en la calle.

Los platos, alocados, cayeron al suelo como un sonido menor, y los latidos de un corazón espantado pugnaban por acercar a dos ojos nerviosos una sola imagen.

Mamá abrió la puerta y Dios se apartó del mundo otra mañana de abril. 

Al día siguiente una mano encendió el televisor y luego de un rodeo de canales recaló en el obituario cotidiano de las noticias matinales donde un comentarista exhortaba a la población con voz agria y quejosa que cómo un policía de franco podía dejar a vista y alcance su herramienta de rigor.