-Dámelo
-¡No!
-¡Estaba jugando yo!
-¡Mentira! Estaba en el piso.
-Pero lo iba a usar ahora, ¡dámelo!
-No
-Le voy a decir a mamá
-No le vas a decir porque ella no nos deja jugar con eso.
-Lo voy a romper y le voy a decir que fuiste vos.
¡Bang! ¡Bang! Dijo el pequeño y el estrépito inundó la habitación, fracturó el sonido matinal de la casa y viajó hasta la cocina asaltando los desarmados oídos de mamá, y fue a perderse despedido como un imponente cohete de una procesión que ningún vecino pudo ver en la calle.
Los platos, alocados, cayeron al suelo como un sonido menor, y los latidos de un corazón espantado pugnaban por acercar a dos ojos nerviosos una sola imagen.
Mamá abrió la puerta y Dios se apartó del mundo otra mañana de abril.
Al día siguiente una mano encendió el televisor y luego de un rodeo de canales recaló en el obituario cotidiano de las noticias matinales donde un comentarista exhortaba a la población con voz agria y quejosa que cómo un policía de franco podía dejar a vista y alcance su herramienta de rigor.