«Las olas tallan la ribera con ese repetido sonido en la brisa de mesurada destrucción y de breve preparación para el renacimiento; deshacen el ruido de la memoria, el hábito de comparar sin tregua lo que soy y lo que pudo ser, el esforzado cuidado de ser y de estar.
La gente es una larga figura que juega a la dinámica de las olas, y yo, observo la escena con muda y quieta expectación porque descubro en ese repetido movimiento un compás que no mide minutos ni horas, sino una danza circular de lo que se desarma para volver a empezar.
Veo sonrisas que sonrío, veo miradas que se encuentran y en el regocijo desordenado de jugar sin motivo de reír sin razón, una alegría dispersa parece alcanzarme y hacerme sonreír porque soy parte de esa figura, porque algo dentro de mí se ha disuelto, porque mi corazón —en la paz de contemplar— recuerda finalmente latir sin peso.»